José Laureano Gómez Rincón era un serio comerciante que junto con su esposa, Dolores Castro Galvis, y sus pequeños hijos, residía en la esquina de la Rosa Blanca, frente al parque principal de la localidad y, como todos presentían, no era alguien que soportara tal tipo de bromas.
Aquel día de octubre de 1888, por las calles de Ocaña, mal enjalmado, trotaba un asno que sobre sus ijares llevaba -cual jinete- un muñeco de trapo y paja que tenía un letrero grande que decía “José Laureano Gómez Rincón”. De las puertas y ventanas salían caras ansiosas de saber de qué ocañero se estaban burlando los guasones del lugar, aquellos que “tiraban la piedra y escondían la mano”.
José Laureano Gómez Rincón era un serio comerciante que junto con su esposa, Dolores Castro Galvis, y sus pequeños hijos, residía en la esquina de la Rosa Blanca, frente al parque principal de la localidad y, como todos presentían, no era alguien que soportara tal tipo de bromas. Su ira fue inenarrable y pese a estar doña Dolores cerca a la etapa final de un embarazo, en instantes tomó la determinación de que él, su esposa y sus hijos abandonarían a Ocaña y se radicarían en la lejana Bogotá. Y fue diciendo y haciendo.
Semanas después, por las empinadas faldas del angosto cañón de montañas que de Ocaña lleva a Gamarra, a lomo de bestias, lentamente viajaba la familia Gómez Castro, incluida doña Dolores, quien estoicamente soportó la presión del camino sobre su vientre. En el puerto de Gamarra embarcaron y subieron hasta Honda, donde nuevamente, a caballo, treparon la cordillera hasta la fría Sabana, llegando a Bogotá, donde algunas semanas después, doña Dolores dio a luz a un hijo a quien llamaron Laureano Eleuterio Gómez Castro.

Veinte años después, en 1909, Laureano Gómez Castro se graduó en Bogotá de ingeniero civil y fundó un periódico, “La Unidad”. Y brotó un político que fue un ciclón en la primera mitad del siglo veinte de Colombia. Unos le llamaron “el monstruo”, otros “el basilisco”. Durante años, en la geografía patria, despertó pasiones, odios, simpatías. Hizo de la política una máquina de combate sin fin.
Laureano fue la oposición por antonomasia, sin atenuantes, matices, ni disfraces, contundente, sólida. Nunca pidió ni dio cuartel. Sus argumentos llevaron al retiro del poder de tres Presidentes. Odió los halagos del ejercicio del poder, los “lagartos”, la adulación.
En 1958, o sea, 70 años después de aquel 1888, Graciela Isaza Gómez, nieta de aquel José Laureano Gómez Rincón, en unión de su esposo decidió retornar a Santander, tomó a sus pequeños hijos de la mano y anidó para siempre en Bucaramanga, donde en días pasados sus descendientes llevaron sus restos a descansar perpetuamente en una colina de los riscos santandereanos, luego de haber dejado una hermosa huella en todos aquellos que la conocieron.












