Era el minuto 114, casi en la agonía de un partido que podía dejar a Colombia con el tiquete a los cuartos de final del Mundial de 2026. Jáminton Campaz quedó mano a mano, con el arco prácticamente abierto, en la oportunidad más clara que tuvo la Selección durante todo el compromiso. Bastaron apenas un par de centímetros en el contacto de su zurda con el balón para que este se elevara por encima del travesaño y, con él, se escaparan las ilusiones de millones de colombianos que ya se abrazaban anticipadamente con el gol.
Así es el fútbol: unos pocos centímetros pueden separar la gloria de la frustración.
Como hinchas, todos tenemos derecho a sentir tristeza. Colombia había demostrado argumentos suficientes para llegar mucho más lejos en este Mundial, pero no tenemos derecho a transformar esa frustración en odio.
Las palabras del propio Campaz estremecen. No hablan de fútbol, sino de miedo: “Podemos sentir frustración o tristeza, pero ninguna pasión justifica el odio y vivir con miedo”, dijo después de denunciar intimidaciones recibidas contra él y sus seres queridos.
Recordemos algo que las redes sociales suelen olvidar: detrás de cada futbolista hay una historia de sacrificios invisibles. Ninguno entra a una cancha con el propósito de fallar; ninguno quiere cargar con la derrota de un país entero.
Por eso resulta imposible no recordar a Andrés Escobar. En 1994 intentó rechazar un balón que terminó entrando en su propio arco durante el Mundial de Estados Unidos. Días después fue asesinado en Medellín. Han pasado más de tres décadas, y uno quisiera creer que Colombia aprendió aquella dolorosa lección. Sin embargo, las amenazas contra Campaz reabren una herida que nunca terminó de cicatrizar. Ojalá esta vez el desenlace sea completamente distinto y la sociedad reaccione antes de que la violencia vuelva a cruzar una línea irreversible.

Hay, además, otro elemento que merece una reflexión más profunda. Desde hace algunos años, el fútbol abrió de par en par sus puertas a la industria de las apuestas en línea. Hoy resulta habitual escuchar transmisiones en las que se dedica más tiempo a explicar cómo se mueven las cuotas que a analizar el propio juego. No afirmo que quienes amenazan a Campaz sean apostadores frustrados, pero tampoco podemos ignorar que, cuando al ambiente de licor, intolerancia y fanatismo se le suma una enorme cantidad de dinero apostado sobre un resultado deportivo, el riesgo aumenta.
El fútbol nació para emocionar, no para sembrar miedo. Ningún gol vale una vida. Ninguna eliminación justifica una amenaza. Ninguna apuesta puede convertir a un deportista en enemigo público. Antes que ídolos o villanos de una noche, los futbolistas son seres humanos. Cuando olvidamos esa verdad elemental, el partido más importante —el de nuestra humanidad— ya lo hemos perdido.











