“Sonrío Magdalena” es un proyecto que debería estar en los colegios, en los museos, en las políticas públicas. Que cada empresa que se sume, cada ciudadano que lo comparta,, estará ayudando a que el río no muera.
Nací en Barrancabermeja, a orillas del Magdalena. Para muchos, este río es una línea azul en el mapa. Para mí, y para millones, es raíz, es memoria, es vida. Por eso me tocó el alma “Sonrío Magdalena”, el proyecto del fotógrafo santandereano Juan Diego Pinzón y la editorial ‘Hilodeplata’. Porque va más allá de una exposición o un libro: es un acto de amor al río más importante del país. Un homenaje, sí, pero también un llamado urgente.
Juan Diego recorrió más de mil kilómetros en una canoa de madera, desde Honda hasta Bocas de Ceniza. Trece días a merced del viento, el agua, la nostalgia y las historias de la gente ribereña. El resultado es un testimonio poderoso, honesto, bello. Nos muestra un Magdalena imponente, sí, pero también golpeado, olvidado. Nos recuerda que el río no es una cosa del pasado ni un simple recurso: es una herida abierta que aún late.
La fotografía de Pinzón tiene una virtud difícil de encontrar: conmueve sin caer en lo obvio. Nos habla del bagre que se extingue, del pescador que nunca había visto el mar, de la camaradería de una travesía hecha con el corazón. Y todo eso lo hace sin forzar el dramatismo, con la sensibilidad del que ha aprendido a mirar -de verdad- lo que tenemos al frente. Porque ese es nuestro gran problema: nos acostumbramos al Magdalena y se volvió paisaje.
El Magdalena conecta 12 departamentos, atraviesa 1.540 kilómetros, sostiene cientos de especies, familias y oficios. Fue el gran motor de la economía nacional. Hoy está herido. Lo cruzan aguas contaminadas, lo amenazan megaproyectos mal planeados, lo olvida un país que debería abrazarlo con más fuerza. Y, sin embargo, ahí sigue. Majestuoso. Paciente. Esperando que lo miremos de nuevo.
“Sonrío Magdalena” es eso: una invitación a mirar. Con los ojos, sí, pero sobre todo con el alma. Es un proyecto que debería estar en los colegios, en los museos, en las políticas públicas. Que cada empresa que se sume, cada ciudadano que lo comparta, cada joven que vea esas fotos y se conmueva, estará ayudando a que el río no muera.
El llamado es claro: el Magdalena no puede seguir solo. El país necesita asumir su defensa como una causa nacional. Es hora de convertir la admiración en compromiso, y la conciencia en acción. Que esta iniciativa inspire a más artistas, periodistas, líderes y autoridades a defenderlo, no solo desde el discurso, sino desde los hechos.
Conocer este proyecto es el primer paso. Visiten: www.sonriomagdalena.com.
Si el río sonríe, Colombia respira.












