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Sábado 10 de mayo de 2025 - 12:08 AM

El siglo de Uribe y Petro

Hoy la discusión pública está secuestrada por la lógica del “conmigo o contra mí”. Uribe la instauró; Petro la perfeccionó. Dos hombres, dos estilos, dos ideologías, pero el mismo resultado: un país atrapado en los extremos.

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Hace unos días, Sebastián Sanint escribió una columna demoledora: retrató cómo la política colombiana se ha reducido a un solo nombre, una sola disputa: Petro o anti-Petro. Y tiene razón. Llevamos años atrapados entre trincheras, repitiendo los mismos conflictos con distintos actores. Pero el problema va más allá de Petro o sus opositores de turno: llevamos más de dos décadas bajo la sombra de los mismos liderazgos. Nos guste o no, este ha sido el siglo de Uribe y Petro.

Hoy la discusión pública está secuestrada por la lógica del “conmigo o contra mí”. Uribe la instauró; Petro la perfeccionó. Dos hombres, dos estilos, dos ideologías, pero el mismo resultado: un país atrapado en los extremos. Colombia lleva más de veinte años girando alrededor de ellos, como si no existiera otra opción. Uno desde la seguridad convertida en verdad incuestionable; el otro desde la esperanza transformada en rabia. Ambos personalistas. Ambos polarizantes. Ambos indispensables para el relato del otro.

Uribe y Petro se necesitan. Son antagonistas perfectos: cuando uno cae, el otro resucita. Cada error del uno alimenta al otro. Han dividido al país entre fieles y enemigos. Se han presentado como víctimas, mientras recurrían a la fuerza del Estado para confrontar a críticos. Uribe presionó a sus contradictores; Petro estigmatiza y hostiga desde el atril a quien piensa distinto. Cambian las formas, pero no el fondo.

Colombia merece más que este péndulo eterno. No se construye futuro eligiendo entre dos pasados. Ninguna democracia resiste el maniqueísmo como sistema. Nos acostumbramos a votar “en contra” o “por el que diga”, y no por ideas propias. A reaccionar, no a proponer. A insultar, no a construir.

Yo no soy petrista. Tampoco uribista. Me identifico con algo que parece olvidado: el liberalismo. No el de la maquinaria, sino el de las ideas. El que cree en la democracia, la participación, los derechos, la igualdad de oportunidades, la libertad individual y en la agenda social como base del progreso. El que entiende que el Estado está para servir, no para salvar. Que gobernar no es dividir, sino unir.

Colombia no necesita otro caudillo, sino una alternativa seria, democrática, liberal –en el sentido más noble del término–, que hable con la gente sin gritar, escuche a las regiones, respete al aparato productivo y crea en la empresa como motor de desarrollo. Que ofrezca soluciones reales a la pobreza, inclusión auténtica y un país donde el cambio no dependa de un solo hombre, sino del trabajo colectivo.

Pasar la página no es olvidar: es madurar. Es superar esta eterna pelea de espejos entre Uribe y Petro. Gobernar sin miedo, sin rabia y sin mesías.

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