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Viernes 23 de mayo de 2025 - 12:00 AM

Suena a chino

El enfoque estatal chino, sostenido y coordinado, ha generado un ciclo virtuoso de progreso al punto de que si ambas trayectorias se mantienen, la del cortoplacismo estadounidense y la del largoplacismo chino, los chinos dominarán sectores clave muy rápidamente, marcando el ritmo de transformación tecnológica global de todo el siglo XXI.

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Kyle Chan, profesor de la Universidad de Princeton, argumentaba el lunes pasado en una columna para el New York Times que el siglo chino ya ha comenzado, y que la historia, retrospectivamente hablando, podría marcar los primeros meses del segundo mandato de Trump como el punto de quiebre en que China selló su supremacía mundial.

Washington, como todos saben, se ha enfrascado en ruidosas disputas comerciales con todo el mundo, dejando de lado los fundamentos que alguna vez lo encumbraron —la innovación tecnológica, la investigación pública y la influencia internacional—, mientras que China, por su parte, ha sabido leer ese abandono como una oportunidad. Con orden, paciencia y no poca ambición, los chinos están ocupando cada espacio desatendido, no solo respondiendo al vacío de su adversario, sino convirtiéndolo en plataforma para su propio ascenso.

El enfoque estatal chino, sostenido y coordinado, ha generado un ciclo virtuoso de progreso al punto de que si ambas trayectorias se mantienen, la del cortoplacismo estadounidense y la del largoplacismo chino, los chinos dominarán sectores clave muy rápidamente, marcando el ritmo de transformación tecnológica global de todo el siglo XXI.

Para evitar la debacle norteamericana, Chan recuerda que es imprescindible una inversión decidida en innovación, educación y cooperación global. Sin embargo, esto es justo, pero justo, lo contrario de lo que pretende hacer la administración Trump.

En este contexto, Colombia vive un momento geopolítico interesante. En medio de tensiones entre sus vínculos tradicionales y el nuevo orden global, su histórica alianza con Estados Unidos, basada en cooperación económica y militar, atraviesa por una etapa incierta.

Ahora bien, ¿obliga la coyuntura internacional a que Colombia replantee sus dependencias y diversifique sus alianzas? No estaría de más, aunque, naturalmente, importa sobremanera el cómo.

China se presenta como un socio atractivo, con un discurso más respetuoso hacia sus aliados y una presencia prácticamente consolidada en América Latina. Con todo, una alianza con el gigante asiático entraña ciertos desafíos. Mal manejada, puede aumentar la dependencia económica, profundizar el déficit comercial y limitar el desarrollo de algunas de las industrias nacionales.

Quienes aspiran desde la izquierda recalcitrante a un giro hostil en las relaciones con Estados Unidos solo parecen querer reemplazar a un amo por otro. Pero quienes, del otro lado, se niegan a ver el desprecio histórico que ha llevado a Estados Unidos a tratar a América Latina como a su patio trasero, están peor aún.

Durante años, Colombia ha seguido las directrices de Estados Unidos sin rechistar, ni siquiera cuando estas podían chocar con sus propios intereses. Hoy, algunos quisieran hacer lo mismo con China, idealizando su modelo sin reconocer sus problemas. Quizás por ello, el verdadero camino no sea elegir entre potencias, sino asumir una posición soberana frente a ambas basada en la dignidad y la reciprocidad.

Colombia, por pobre o frágil que sea, tiene con qué negociar: se tienen recursos y minerales estratégicos, se tiene biodiversidad y se tiene una posición geográfica envidiable. Bien manejadas, estas son cartas para jugar con cualquiera no desde la subordinación, sino desde el interés nacional.

En este nuevo orden mundial no basta con redefinir alianzas: también hay que volver a pensar qué entendemos por poder, por modernidad, por desarrollo, por bienestar. Y no solo desde la perspectiva estadounidense, sino desde la perspectiva de todo un continente. Aquello que antes veíamos como lejano o incompatible —como el modelo chino— hoy marca el ritmo y, querámoslo o no, se vuelve una referencia insoslayable.

Si antes decíamos que algo «sonaba a chino» decíamos que era incomprensible y enrevesado. Sin embargo, ahora esa expresión se ve resignificada por completo. La transformación no es solo de orden semántico, sino histórico. Para bien o para mal, hoy lo chino ya no suena tan extraño: suena a competencia, a infraestructura funcional, a ciencia aplicada e, incluso, a liderazgo pacífico y global. Si no lo entendemos, el problema no será de la lengua.

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