La generosidad tiene rostro en quienes entregan su tiempo, su cariño y su esfuerzo para ayudar a los demás. Con gestos sencillos o acciones extraordinarias, escuchan, acompañan, tienden la mano y dejan una huella positiva en sus comunidades. Vanguardia les rinde homenaje a esas personas y compartir sus historias en la sección Corazones que inspiran, un espacio para destacar a quienes hacen del mundo un lugar mejor. Conozcamos a nuestra primera invitada de hoy.

Hay personas que pasan por la vida dejando huellas; y hay otras, mucho más extraordinarias, que se convierten en caminos para que otros puedan seguir adelante. Fanny Orbegozo Giorgi pertenece a este último grupo: mujeres que han hecho de la solidaridad una forma de existir y del amor al prójimo una misión cotidiana.
Nació en Bogotá hace setenta años, pero fue en Barrancabermeja donde transcurrió buena parte de su vida y en Bucaramanga donde terminó sembrando la obra que hoy beneficia a cientos de personas. Madre de cuatro hijos —Daniel Eduardo, Jesús David, Francy Lizeth y María Isabel Cristina—, conoció de cerca las dificultades que la vida suele reservar para los más valientes.

Tuvo que levantar sola a su familia cuando las circunstancias la dejaron enfrentando el mundo sin su compañero de vida. Atravesó momentos de profunda tristeza, dificultades económicas y la angustia de ver a sus hijos enfermos. Fueron años de pruebas que habrían quebrantado a cualquiera; sin embargo, ella encontró fortaleza donde otros encuentran desesperanza.

Con una fe inquebrantable, Fanny asegura que nunca estuvo sola. Cuenta que en los momentos más difíciles sintió la presencia de ángeles que la acompañaban y la ayudaban a seguir adelante. Esa experiencia espiritual marcó para siempre su manera de entender la vida: “Yo sé lo que es tener hambre”, suele decir. Y esa frase resume buena parte de su historia. Porque quien ha conocido la necesidad aprende a reconocerla en los ojos de los demás. Tal vez por eso cada ayuda que entrega lleva consigo algo más valioso que un mercado, un juguete o una comida caliente: lleva comprensión y cariño.
“Todo lo que hago es para pagarle las deudas a Dios”, afirma con humildad.

Movida por esa convicción nació la Fundación Corazones Alegres de Ángeles de Dios, una organización sin ánimo de lucro que desde hace más de una década trabaja silenciosamente por quienes más lo necesitan. Pero la labor de Fanny nunca se ha limitado a entregar ayudas materiales. Ella entiende que la verdadera solidaridad comienza cuando alguien se siente acompañado.

Por eso sus jornadas la han llevado a hospitales, barrios vulnerables, hogares de madres cabeza de familia y rincones donde habitan personas en situación de calle. Allí no solo lleva alimentos, ropa o medicamentos. Lleva abrazos, escucha, palabras de aliento y una presencia humana que muchas veces vale más que cualquier ayuda económica.

Quienes la conocen la llaman cariñosamente como “Mamá Fanny”. El apodo no es casual. Su manera de servir recuerda a esas madres capaces de abrir las puertas de su casa y de su corazón para todos. Su ternura ha sido refugio para niños enfermos, consuelo para familias golpeadas por la pobreza y esperanza para quienes sienten que el mundo los ha olvidado.
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Su sonrisa amable ha iluminado calles y hospitales de Bucaramanga. Siempre repite una frase que se ha convertido en el lema de su vida: “Vamos de la mano de Dios”. Y quienes trabajan con ella saben que no son simples palabras. Es una filosofía que guía cada actividad, cada campaña y cada gesto de servicio.
A su lado caminan sus hijos, quienes heredaron de ella la vocación de ayudar. También la acompaña la doctora Karen Velázquez, aportando su conocimiento profesional al servicio de las comunidades más vulnerables. Junto a ellos se ha formado un verdadero ejército de voluntarios compuesto por policías, comerciantes, amas de casa, trabajadores, tipógrafos y ciudadanos de buen corazón que creen en la misma causa.

Gracias a ese esfuerzo colectivo, la fundación trabaja durante todo el año. En febrero aparecen los útiles escolares que abren puertas al conocimiento; en abril llegan las celebraciones del Mes del Niño; durante las vacaciones se organizan actividades recreativas; y en diciembre la ilusión del Niño Dios se transforma en regalos, sonrisas y esperanza para cientos de familias.

Sin embargo, las fechas especiales son apenas una parte de la historia. La obra de Fanny no conoce pausas ni calendarios. Cada día existe una necesidad que atender, un niño que acompañar, una madre que escuchar o una persona en situación de calle que necesita recuperar la confianza en la humanidad.
Quienes observan su trabajo descubren que el verdadero milagro no está únicamente en las ayudas que entrega, sino en la capacidad de transformar el dolor en servicio. Fanny tomó las heridas que la vida le dejó y las convirtió en puentes para acercarse a los demás.

Ella sigue creyendo en las piñatas como símbolo de felicidad, en los juguetes como mensajeros de esperanza, en los útiles escolares como semillas de futuro y en los aguinaldos como expresiones de amor. Sigue creyendo que una empanadita preparada por un niño en un hospital puede convertirse en una vitamina para el alma. Sigue creyendo que la bondad puede cambiar destinos.
En un mundo donde muchas veces se habla más de lo que se hace, Fanny eligió actuar, servir y compartir.
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Su historia demuestra que la grandeza humana no se mide por los bienes acumulados ni por los reconocimientos, sino por la cantidad de vidas que logramos tocar con amor.

Hoy, Bucaramanga tiene la fortuna de contar con una mujer que ha hecho de la solidaridad su vocación. Una mujer cuya fe se refleja en cada obra, cuya generosidad no conoce descanso y cuyo corazón tiene espacio para todos.

Fanny Orbegozo Giorgi no solo fundó una organización benéfica. Construyó una red de esperanza. Y mientras existan niños sonriendo, madres encontrando apoyo y personas vulnerables recuperando la fe en los demás gracias a su trabajo, su legado seguirá creciendo.

















