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Sábado 24 de mayo de 2025 - 12:18 AM

Escuchar para no destruir

El problema no es la dignificación del trabajo. Eso nadie lo discute. El problema es imponerle las mismas reglas a una multinacional que a una panadería de barrio. Creer que todos los sectores caben en un único molde es una torpeza técnica.

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La reforma laboral que se tramita en el Congreso parte de una buena intención: dignificar el trabajo. Pero como ya es costumbre en este gobierno, se legisla con sordera, sin entender las realidades del país, sin escuchar al que genera empleo ni al que lucha por conservarlo.

Lo que está en juego no es menor. Si se aprueba el texto tal como está, miles de pequeños negocios podrían quebrar. Restaurantes, panaderías, cafeterías, bares, todos esos espacios que llenan barrios y ciudades, que dan trabajo a jóvenes, madres cabeza de hogar, podrían verse obligados a cerrar. Y no por falta de ganas, sino por exceso de norma mal pensada.

La Asociación Colombiana de la Industria Gastronómica (ACODRÉS), que representa a más de 12.000 establecimientos en todo el país, ya lo dijo claro: esta reforma, tal como está, es inviable para un sector que vive de la flexibilidad. Les quieren imponer contratos indefinidos como regla general, cuando el negocio funciona por temporadas, con alta rotación y picos de demanda en noches y fines de semana. Les cambian la jornada nocturna a las 7:00 p.m., cuando apenas está empezando la cena. Les suben el recargo dominical al 100%, justo cuando más venden.

¿El resultado? Costos laborales disparados en un 30 o 40%, márgenes imposibles de sostener, más informalidad. Una reforma que en vez de proteger al trabajador lo puede dejar sin empleo.

Lo interesante es que sí hay alternativas sobre la mesa. ACODRÉS no ha llegado con quejas, sino con propuestas sensatas, viables y razonables. Mantener el recargo nocturno desde las 9 p.m., flexibilizar las licencias en microempresas, usar parte del impuesto al consumo para cubrir aportes a seguridad social. Todo eso es debatible. Todo eso se puede construir. Pero para eso hace falta algo básico: querer escuchar.

Porque el problema no es la dignificación del trabajo. Eso nadie lo discute. El problema es imponerle las mismas reglas a una multinacional que a una panadería de barrio. Creer que todos los sectores caben en un único molde, sin importar sus realidades, es una torpeza técnica.

El Congreso tiene una oportunidad: corregir el rumbo. Escuchar a los trabajadores. Pero también al que paga la nómina, al que arriesga, al que sostiene el empleo. Una reforma laboral no puede hacerse desde el escritorio de quien nunca ha tenido que responder por una nómina, ni entender los ciclos de un negocio real. Si no hay diálogo real, esta no será una reforma justa, será una reforma fallida. O peor aún: destructiva.

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