Actualmente, los temas relacionados con el género despiertan ampolla en hombres y mujeres, pese al avance y mayor consciencia que han ganado en la conversación pública. Algunos hombres, particularmente, consideran que se les señala, acusa o etiqueta en categorías con las que no se identifican. Esta columna busca abordar el género desde otra perspectiva: muchos hombres están sufriendo, pero ese sufrimiento se ha vuelto tan habitual que ni siquiera lo reconocemos como un problema.
En el Informe Especial sobre Seguridad y Convivencia 2025 lanzado por Bucaramanga Metropolitana Cómo Vamos se presentan cifras inquietantes: el 72% de las víctimas de violencia interpersonal y el 92% de las víctimas de homicidio son hombres, y en ambos casos, también lo son en mayoría sus agresores. Si a esto se suma que el 88% de las personas que se suicidaron en el área metropolitana durante 2024 fueron hombres, las cifras muestran una crisis en la forma en que muchos han aprendido a relacionarse o a lidiar con los problemas.
Reconocer estas dinámicas no significa simplificar las causas de la violencia, sino ampliar la comprensión de sus múltiples dimensiones. Hay formas de vivir la masculinidad que, al ser impuestas como únicas e incuestionables, pueden dificultar el manejo emocional, la expresión del malestar o la búsqueda de ayuda. Roles como “no llorar”, “ser fuerte”, “no mostrar debilidad” o “ser autosuficiente” pueden ser válidos en algunos contextos; pero cuando se convierten en exigencias inflexibles, pueden limitar la capacidad de muchos hombres para relacionarse de forma más saludable con ellos mismos y con los demás.
Por supuesto, estos patrones no explican por sí solos las cifras que hoy nos preocupan, pero sí hacen parte de un entorno social y cultural más amplio, que pueden influir en la forma en que muchos hombres enfrentan sus conflictos internos y externos. En contextos como el nuestro -atravesado por desigualdad, pobreza, falta de oportunidades o violencia estructural-, estas formas de socialización masculina pueden reforzar respuestas agresivas, impulsivas o autodestructivas, como lo muestran las cifras mencionadas.
Por esto, hablar de género no es una conversación exclusiva de mujeres ni de expertos. Es una tarea colectiva que nos involucra a todos y todas: familias, educadores, líderes comunitarios, medios de comunicación y un sector público consciente de que no basta un enfoque exclusivamente punitivo o preventivo. En el área metropolitana de Bucaramanga es fundamental incorporar una mirada integral, incluida una sobre el género, capaz de reconocer las implicaciones de los roles masculinos en las dinámicas de violencia y en el bienestar de la sociedad.












