Yo nací hace 43 años en Barrancabermeja. En una ciudad de obreros, comerciantes, pescadores y soñadores. Un puerto que nunca se detuvo, ni cuando el país lo olvidó, ni cuando las balas intentaron silenciarlo. Barrancabermeja me enseñó a caminar con la frente en alto, a no aceptar la derrota, a amar profundamente esta tierra, aunque duela.
Y sí, duele. Duele leer cada informe, cada cifra de muertos, desplazados y extorsionados. Duele ver a la ciudad cercada por estructuras ilegales que buscan doblegarla. Pero también duele la indiferencia. La comodidad con la que algunos se han acostumbrado a lo inaceptable. Como si esta violencia fuera inevitable. Como si Barrancabermeja no importara. Como si su gente valiente no mereciera vivir en paz, con dignidad, con tranquilidad, con garantías.
Barrancabermeja no es el Catatumbo. No es tierra de nadie. Es el corazón económico, energético y logístico del Magdalena Medio. La segunda ciudad de Santander. La sede de la Refinería más importante del país. Una ciudad que ha sostenido parte del desarrollo nacional durante más de un siglo. Lo que pase en Barrancabermeja afecta directamente a toda Colombia. Por eso, cuando muchos habían renunciado a creer, dimos la pelea para convertirla en lo que siempre debió ser: Distrito Especial. Tras más de medio siglo de espera, lo logramos. Hicimos justicia con una ciudad que se lo había ganado con creces.

También gestionamos el estadio La Esperanza, símbolo de que sí se puede sembrar dignidad en los territorios más golpeados. Y logramos interlocución directa con el Gobierno Nacional. El presidente Iván Duque, en su momento, recibió al alcalde de Barrancabermeja antes que al gobernador de Santander. Porque entendió que esta ciudad no podía seguir esperando. Porque cuando Barrancabermeja habla, el país debería escuchar. Escuchar con atención, con respeto y con acción.
Hoy, sin embargo, la vuelven a empujar hacia el abandono. Grupos armados se disputan las comunas, negocios extorsionados, familias desplazadas. Y un Estado que llega tarde y mal. La fuerza pública hace lo que puede, pero no basta. Se necesita una intervención integral, seria, urgente. Se necesita decisión política, recursos, compromiso real con un territorio que ha dado mucho más de lo que ha recibido.
Pero que nadie se equivoque: a Barrancabermeja no la van a doblegar. Su gente sigue de pie. Los comerciantes resisten. La Refinería no para. Impala, aunque golpeado, sigue operando. Y la ciudadanía, con miedo y todo, sigue creyendo. Porque aquí nunca nos hemos rendido. Porque si hay una ciudad que sabe levantarse, es esta.
Hoy alzo la voz por convicción y por amor. Barrancabermeja no está sola. Tiene historia, tiene fuerza, tiene futuro. Y tiene hijos dispuestos a defenderla. Y no nos vamos a cansar de hacerlo.











