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Viernes 05 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

¿La dignidad, para cuándo?

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En un país como el nuestro, donde las palabras “respeto” y “dignidad” se pronuncian con frecuencia, pero se practican poco, conviene detenerse a pensar en su verdadero sentido. La dignidad no es un adorno retórico ni un ideal lejano, es la base que sostiene la vida en comunidad y el contrato social que nos une como nación. Sin embargo, en Colombia ese pilar ha sido erosionado por la corrupción, desconfianza e incapacidad de quienes gobiernan hoy en el orden nacional para honrar la promesa de un país más justo. Y cuando la dignidad se vuelve un discurso vacío, el ciudadano queda huérfano de esperanza.

La dignidad, entendida como el respeto al valor intrínseco de cada persona, debería guiar cada decisión política. Pero en los últimos años hemos visto cómo este principio se ha diluido entre escándalos de nepotismo, clientelismo y decisiones improvisadas. El lema de la inclusión quedó atrapado en titulares, mientras la realidad cotidiana mostró otra cara: polarización, falta de transparencia y un Estado cada vez más distante. El ciudadano común, aquel que cumple con sus impuestos y se levanta temprano a trabajar, ha sentido que su dignidad no entra en la agenda oficial.

Más grave aún es que esta pérdida de dignidad no es solo un asunto ético, sino también un problema que socava la paz y la seguridad. La reaparición de actores armados, el repunte de la violencia y el narcotráfico son recordatorios de que un país que descuida la dignidad de su gente se condena a repetir sus heridas más dolorosas. No se trata únicamente de exigir mejores políticas públicas, sino de reclamar un trato que reconozca al ciudadano como el verdadero protagonista de la democracia. La dignidad no se negocia: se respeta o se traiciona.

De cara a las próximas elecciones, este tema debe ser el eje de nuestra reflexión.

No basta con escuchar promesas de cambio; necesitamos evaluar si las propuestas y trayectorias de los candidatos honran de verdad la dignidad de la gente. Recuperarla significa exigir transparencia, coherencia y un compromiso real con quienes han sostenido al país a pesar de la desilusión. Votar no es solo un trámite: es un acto de dignidad, un recordatorio de que el poder emana del pueblo y no al revés.

El ciudadano de a pie, cansado de engaños, debe convertir su indignación en acción. Porque solo cuando entendamos que la dignidad no se mendiga, sino que se ejerce, podremos empezar a reconstruir la confianza rota. Y quizás entonces descubramos que la dignidad no es un sueño aplazado, sino una tarea urgente que nos pertenece a todos. Por eso, la pregunta “¿la dignidad, para cuándo?” no debe quedarse en un lamento, sino transformarse en un llamado colectivo.

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