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Viernes 17 de octubre de 2025 - 01:00 AM

Colombia y la trampa del ingreso medio

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La concesión del Premio Nobel de Economía 2025 a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt no solo reconoce una trayectoria académica sobresaliente. También lanza un mensaje claro a quienes estén dispuestos a escucharlo: el crecimiento económico depende de la innovación. Estos tres economistas han actualizado la teoría de la destrucción creativa de Joseph Schumpeter, en la que el empresario innovador —motor del capitalismo— puede convertirse en burócrata sepulturero cuando la innovación se estanca y los mercados se concentran.

Aghion y Howitt, un siglo después, advierten que este dinamismo puede apagarse si los gobiernos o los sistemas financieros bloquean el ingreso de nuevas ideas. Su modelo de crecimiento schumpeteriano se sostiene en tres pilares: la innovación como fuente de productividad, la competencia como incentivo y las instituciones como condición de posibilidad. Cuando estos tres elementos se desequilibran, el crecimiento se estanca. Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en Colombia.

Aunque el país ha logrado estabilidad macroeconómica y crecimiento sostenido, no ha conseguido converger con las economías desarrolladas. Su crecimiento ha sido más por imitación que por innovación, más por consumo y extracción que por productividad. La estructura económica lo evidencia, la inmensa mayoría del empleo se concentra en actividades de baja productividad, el sector industrial representa menos del 12% del PIB y la inversión en investigación y desarrollo no supera el 0,3%.

Los grandes grupos empresariales dominan los mercados estratégicos, el crédito productivo es escaso y la universidad opera con bajos presupuestos para la investigación. El país carece de un proceso de destrucción creativa que permita renovar su aparato productivo. El sistema financiero privilegia rentas seguras sobre proyectos tecnológicos, el Estado carece de una visión estratégica de largo plazo y los empresarios permanecen atrapados en una lógica de rentismo, en lugar de fomentar la competencia y la innovación, se consolidan estructuras que inhiben el cambio.

Colombia ha construido una economía suficiente para sostener el consumo, pero dependiente del sector extractivo para hablar de crecimiento. Esta dualidad genera una falsa sensación de progreso. Mientras las ciudades se expanden y el consumo se mantiene, la base productiva se estanca. El país sigue exportando materias primas con bajo valor agregado y depende de los ciclos internacionales de precios para sostener su balanza comercial.

Para romper este estancamiento se requiere un Estado inversor y asegurador. Uno que asuma los costos hundidos de la innovación y reduzca los riesgos del cambio tecnológico. Un Estado que no solo regule, sino que participe activamente en la creación de capacidades, que articule al sistema financiero con la ciencia, la tecnología y la industria, y que entienda que el desarrollo no es una consecuencia automática del crecimiento, sino el resultado de la creatividad al servicio de la transformación.

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