En Colombia, hablar de turismo es hablar de economía, territorio y poder. No es una promesa romántica de montañas y playas; es un campo de batalla donde empresarios y emprendedores intentan sobrevivir entre cargas legales, impuestos y trámites que no se aplican de igual forma para todos.
Hace unos días participé como conferencista en el X Foro Internacional de Innovación Turística – FITI, frente a más de 300 empresarios y autoridades. Y confirmé algo que muchos piensan pero pocos dicen en voz alta: el sistema legal del turismo en Colombia lejos de impulsar la formalidad, la castiga. El discurso de apoyo al emprendimiento contrasta con una realidad que premia la burocracia. Mientras tanto, la falta de una estrategia clara entre el sector público y privado mantiene al turismo a punta de diagnósticos, en lugar de motores que lo muevan.
El ejemplo más claro está en el alojamiento. Los hoteles formales pagan IVA, renta, impoconsumo, impuestos municipales y deben cumplir con normas laborales, sanitarias y ambientales. En cambio, miles de viviendas turísticas operan sin registro, sin control y sin tributar. Hoy hay más de 104.000 alojamientos publicados en plataformas digitales, pero solo 67.000 inscritos en el Registro Nacional de Turismo. El Estado cobra al que cumple y deja pasar al que no.
A esto se suma el problema estructural del desorden territorial. En muchos municipios, el turismo crece donde puede, no donde debe. Las normas urbanas, fiscales y ambientales van por un carril distinto al de la planificación turística, y cuando el desarrollo no tiene mapa, solo florece una especie de caos rentable para unos pocos.
Actualizar los Planes de Ordenamiento Territorial, incentivar a los emprendedores con instrumentos tributarios modernos y crear verdaderas alianzas público-privadas debería ser una política de Estado. Los propietarios de tierra deben entender que el valor turístico del territorio es también patrimonial y cultural. Y los gobiernos locales deben dejar de esperar milagros presupuestales y empezar a abrir la puerta a nuevas formas de financiación: concesiones, empresas mixtas, tasas de ingreso e incluso apps de recaudo turístico.
Sin embargo, lo que realmente sostiene la experiencia turística son las personas: comunidades, guías, operadores y visitantes que tejen un relato común. Formar talento, contar historias que conecten y garantizar reglas claras para todos los actores es la única forma de lograr un modelo que dure más que una temporada alta.
El FITI 2025 dejó un mensaje que debería convertirse en brújula: Regenerar, Reducir, Repensar y Reconectar. No se trata de eliminar la regulación, sino de hacerla inteligente. De entender que la competitividad nace de la coherencia, y que si queremos un turismo sostenible, debemos planear el territorio y asumir que el turismo, como una ciudad, necesita planificación para existir.











