En estos días es normal ver máscaras: personajes que dan miedo, héroes, villanos…identidades que duran solo una noche. Pero hay otros disfraces que usamos todo el año y son mucho más difíciles de quitar.
Disfraces que crean personajes, en su mayoría “falsos” para sobrevivir en un mundo donde mostrarse vulnerable parece un pecado.
Yo también uso disfraces.
Me pongo el disfraz de psiquiatra, que se supone tiene respuestas para todo, y que tiene que estar siempre disponible para todos. El disfraz de papá fuerte, el que nunca se quiebra porque hay ojitos que buscan seguridad en los míos. El disfraz de esposo que cuida, que ama, que consiente, el disfraz de hijo que no falla, el disfraz de hermano que está…a veces en silencio y el disfraz de amigo que en teoría debe estar disponible 24/7.
Tuve que aprender a actuar, también tengo mis propios personajes, los cuales a medida que ha ido pasando el tiempo he venido eliminando, porque al final todos deberíamos quedarnos con un solo personaje, el personaje de SER nosotros mismos, sin máscaras y sin disfraces.
Y aunque estos roles que aun conservo nacen del amor, del compromiso y para el crecimiento, también pueden convertirse en armaduras pesadas que me impiden mostrar cuando me duele, cuando me asusto, cuando me siento perdido o incluso cuando a veces también debería gritar.
Vivimos en una sociedad que celebra la autenticidad…claro, solo mientras no incomode. Ah, pero si alguien muestra tristeza genuina o miedo real, enseguida se le pide que vuelva a sonreír: “No exageres”, “sé fuerte”, “no muestres debilidad”, “tienes que poner mas de tu parte”, “hay que tener mas fuerza de voluntad”.
Salud mental es: aprender a quitarnos la máscara a tiempo, antes de olvidar quiénes somos debajo de todas ellas.
Por eso hoy quiero recordarte que pedir ayuda no es fallar, es sobrevivir con inteligencia, que llorar no es perder el control, es recuperar el alma y mostrarnos vulnerables no nos hace menos… nos hace reales.
Porque, siendo totalmente honesto, el único instante en el que me quito todas las máscaras es cuando estoy completamente solo.
Y ahí, sin público, sin expectativas, sin disfraces… aparece la verdad. Aparece la persona que soy, mis miedos, mis heridas, pero sobre todo y mas importante mis ganas enormes de seguir siempre adelante, ni un paso atrás.
Ojalá un día no tengamos que esperar a la soledad para ser auténticos.
Ojalá llegue el momento en que mostrar nuestra verdad no dé miedo.
La valentía más grande no es ponerse una máscara…quizás la valentía mas grande sea tener el coraje de quitársela mientras el mundo nos mira.
Bienvenidos a esta clínica del alma…bienvenidos a RENACER.












