El triángulo equilátero se completa, uniendo tres estrellas de fuego. Dentro del triángulo hay un círculo perfecto, una serpiente que se muerde la cola. No encierra, sino que contiene; no limita, sino que une. Es la frontera y el puente, el símbolo de todos los giros posibles.
La gaya ciencia es el libro que completa ese triángulo de fuego, la obra que cierra el ciclo de los espíritus libres dentro de la filosofía de Nietzsche (aunque no las enseñanzas relacionadas con aquellos). Es el escrito que emula al sol cuando se acerca al cenit, el texto que marca la llegada del pensamiento nietzscheano al mediodía, a partir de lo cual escribe sus mejores obras.
Así como en el pronaos, el vestíbulo de entrada del templo de Delfos, se hallaba inscrita la célebre advertencia «conócete a ti mismo», una máxima que ofrecía la clave para interpretar correctamente las palabras del oráculo situado en el interior del santuario, del mismo modo, La gaya ciencia encierra las claves esenciales para comprender el rumbo filosófico que el autor desarrolló en sus obras posteriores.
Sin el conocimiento de este libro, resulta posible comprender a Nietzsche, naturalmente: es posible captar la fuerza de sus intuiciones, reconocer el tono profético de su palabra y seguir la dirección general de su pensamiento. Con todo, sin el conocimiento suyo resulta imposible estudiar a Nietzsche, es decir, abordar con rigor la arquitectura interna de su obra, la coherencia entre sus conceptos y la génesis de sus ideas fundamentales.
Este libro no solo inaugura el lenguaje maduro de Nietzsche, sino que organiza los presupuestos teóricos sobre los que se edificará el resto de su obra. Ahora bien, ¿cuáles son estos presupuestos? Primero, la centralidad del arte en la pregunta por el conocimiento y la idea de la vida humana como un experimento. Segundo, la idea de la transfiguración de los valores (más tarde hablará de transvaloración), que va de la mano con el hecho de que la filosofía se ha descubierto para Nietzsche como el «arte de la transfiguración» por excelencia.
En tercer lugar está la formulación incipiente de lo que más adelante se transformará en la «voluntad de poder» bajo los términos de «anhelo de poder» (Verlangen nach Macht) o «sentimiento de poder» (Machtgëfuhl). En cuarto lugar está la formulación del eterno retorno, ese pensamiento que puede destruir o transformar, junto con la aparición de Zaratustra. Y, por último, las noticias sobre la muerte de Dios, «el mayor acontecimiento reciente».
Nietzscheana es la enseñanza de que las ideas y las experiencias deben ser rumiadas. Hagamos, así pues, eso mismo con los seis elementos que le dan ese carácter especial a La gaya ciencia. La centralidad del arte en la pregunta por el conocimiento y la idea de la vida como un experimento apuntan a que conocer no es simplemente constatar o describir la realidad, sino crear formas nuevas de interpretarla y experimentarla. El arte deja de ser un adorno o una representación de lo ya dado para convertirse en el modo mismo de descubrir y afirmar el mundo.
El pensamiento, como la obra de arte, surge del impulso vital que da sentido al caos. En esta perspectiva, la vida se comprende como un laboratorio de formas, un proceso abierto de experimentación donde el individuo pone a prueba sus límites y se reinventa continuamente, lo que, por lo demás, explica la profunda afinidad de Nietzsche con el espíritu del Renacimiento: esa época en la que el ser humano, sin más fundamento que su fuerza creadora, se atrevió a esculpirse a sí mismo.
En segundo lugar están las ideas de la transvaloración de los valores y de la filosofía como el arte, por excelencia, «de la transfiguración» (Kunst der Transfiguration). Esto significa que pensar no consiste en descubrir verdades eternas, sino en transformar la manera en la que le damos sentido al mundo. Transfigurar y transvalorar implican convertir lo que parece bajo, oscuro o doloroso en fuente de fuerza y creación; es el gesto artístico aplicado a la existencia misma.
O, en otras palabras, la transfiguración aparece acá como una pedagogía de la mirada: aprender a ver de otro modo, a elevar lo que parecía problemático, a transformar el peso de la existencia en expresión de potencia. Porque, con Nietzsche, la filosofía queda encumbrada nuevamente. Se la ha convertido en una forma suprema de arte, en un trabajo —lleno de futuro— de reconfiguración simbólica del mundo.
En tercer lugar, la voluntad de poder ya se adivina acá no como un simple deseo de dominio sobre los demás, sino como el impulso fundamental de toda vida hacia la expansión, la intensificación y la creación de formas. Es la energía que anima tanto al pensamiento como al arte, la fuerza que impulsa a todo ser a superar su estado actual y a afirmarse en nuevas configuraciones de sentido. En este orden, ella es más ontológica que psicológica: no designa una intención consciente, sino el principio mismo del devenir, la tendencia interna de la vida a desplegar su potencia.
La concepción del eterno retorno y la aparición de Zaratustra, por su parte, expresan el momento culminante del pensamiento afirmativo de Nietzsche. El eterno retorno no debe entenderse como una hipótesis cosmológica, sino como una prueba existencial: la idea de vivir cada instante como si hubiera de repetirse infinitas veces. Zaratustra encarna al mensajero de esta doctrina, figura poética y profética que sustituye al filósofo tradicional; no enseña verdades, sino modos de vivir y de crear.
Por último, las noticias sobre la muerte de Dios, «el mayor acontecimiento reciente», marcan el punto de inflexión de toda la reflexión nietzscheana. No se trata de una simple negación de la fe religiosa, sino del anuncio del derrumbe de todo fundamento absoluto sobre el que la cultura occidental había construido su sentido: la verdad, la moral, la razón, el progreso.
Con la muerte de Dios se extingue la garantía de un orden trascendente y el ser humano queda frente al abismo de su propia libertad. Pero lejos de ser una catástrofe, este acontecimiento abre la posibilidad de una nueva afirmación: la de crear valores sin recurrir a ningún más allá, a ningún Dios, a ningún cielo; la de crear valores desde y para la tierra. La muerte de Dios no es, pues, el final, sino el comienzo de una aventura (a la manera de Ulises).
El triángulo equilátero se completa, uniendo tres estrellas de fuego. Dentro del triángulo hay un círculo perfecto, una serpiente que se muerde la cola. No encierra, sino que contiene; no limita, sino que une. Es la frontera y el puente, el símbolo de todos los giros posibles. Es el mediodía, ese instante sin sombra en que el ser humano, huérfano de dioses, se descubre creador, artista y responsable de su propio destino.













