Debo empezar por decir que el hecho de que los concejales de Bucaramanga no hayan podido participar en las elecciones atípicas es una auténtica aberración democrática. Sea cual sea la razón jurídica o administrativa, el resultado es el mismo: la ciudad perdió la posibilidad de escuchar voces con experiencia y criterio. Concejales de la talla de José David Cavanzo o Carlos Parra, que representan visiones distintas y liderazgo comprobado, quedaron por fuera de una contienda que habría ganado en pluralidad y profundidad con su participación.
Esa exclusión, más allá de los tecnicismos, deja un vacío de representatividad justo cuando la ciudad más necesita contrastes y visión. Las elecciones del próximo 14 de diciembre no solo buscan un nuevo alcalde sino recomponer la confianza ciudadana en medio de la incertidumbre institucional que dejó la salida de Jaime Andrés Beltrán. Son dos años de gobierno, sí, pero dos años que podrían definir el rumbo político y administrativo de Bucaramanga.
Entre los aspirantes hay trayectorias conocidas y figuras emergentes. Carlos Bueno, exdirector de Tránsito, ofrece experiencia técnica y conocimiento de los problemas de movilidad, pero le cuesta proyectar liderazgo político. Su reciente decisión de comprarse una camioneta de más de 400 millones apenas vio algo de platica, no ayuda a su imagen: en política, esos gestos dicen más de lo que parecen. Fabián Oviedo insiste con un discurso ciudadano que mezcla cercanía y persistencia, aunque su reiterada aspiración podría interpretarse como terquedad o desgaste. Humberto Salazar, del Pacto Histórico, intenta posicionarse como alternativa, aunque su campaña enfrenta el desafío del tiempo y de la visibilidad. Y Juan Manuel González, que personalmente prefiero verlo en Win narrando partidos del Búcaros.

Y aquí me quiero detener un poco: Cristian Portilla. Abogado, exsecretario privado de Jaime Andrés Beltrán. Su nombre representa, en teoría, continuidad administrativa. Pero en la práctica despierta más dudas que entusiasmo. No en vano, en la alcaldía lo ven poco cercano: entra y no saluda, transmite poca empatía y escaso carisma, casi que levita. Diametralmente distinto a Beltrán. Portilla se percibe rígido, reservado, ajeno al pulso emocional. No soy experto en marketing político, pero creo que debería empezar por quitarse ese acartonado saco negro y los zapatos de charol con los que llegó a inscribir su candidatura y ponerse tenis y camiseta para guerriarla en la calle como alguien del común.
Esa distancia puede ser su mayor obstáculo. Bucaramanga no necesita un gerente más; necesita un líder que entienda la ciudad como un cuerpo vivo, con barrios que reclaman atención y ciudadanos que esperan cercanía. La técnica es importante, pero el carisma también lo es. Gobernar no es más que el arte de conectar con la gente.
Estas elecciones, más que una disputa por la alcaldía, son un termómetro del ánimo ciudadano. Los votantes decidirán si quieren un administrador de oficina o un alcalde que camine las calles. En esa diferencia puede definirse no solo una elección, sino el rumbo político de Bucaramanga durante los próximos dos años.










