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Sábado 15 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Las malas lenguas

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Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza últimamente, y es lo fácil que se volvió destruir la reputación de alguien. Ya no se necesita una investigación seria ni una sentencia de por medio. Basta un video mal interpretado o un comentario fuera de lugar para que, literalmente, una mentira contada varias veces se vuelva “verdad”.

El ejemplo más reciente es el de tatanfue, un creador de contenido que terminó en el ojo del huracán por un viaje a Israel. Una influencer dijo públicamente, sin preguntas ni contexto, que la embajada le había pagado todo. Lo soltó como si fuera un hecho, y con eso bastó para que miles lo repitieran como si lo hubieran verificado, al punto de recibir cuanto improperio exista.

Días después, el propio tatanfue salió a aclarar que no fue invitado por la embajada, que su viaje fue con otra organización y que no hizo parte del grupo oficial. Pero en redes las aclaraciones siempre llegan tarde y el daño ya estaba hecho. Y, para rematar, por más que él solicitó la rectificación, terminó siendo atacado porque la organización que lo invitó sería, según sus críticos, cercana a ideas pro-Israel.

No estoy defendiendo a nadie en particular. Lo que me preocupa es que nos volvimos expertos en señalar, pero pésimos para rectificar cuando el error es evidente. Es decir, un video de una influencer, con una historia sacada de contexto, terminó generando un daño —incluso en términos jurídicos— y, habiéndose dado la oportunidad para rectificar, no se hizo.

Y claro, acusar no cuesta. En principio no hay consecuencia inmediata para quien lanza una acusación sin fundamento. Pero para quien la recibe, sí. Preguntémonos si hubo contratos perdidos, reputación al piso, ataques masivos, ansiedad, miedo. Y si esa persona vive de su imagen, como un influenciador, un periodista o un empresario, el golpe puede ser grave. No solo emocional, también económico.

Hemos confundido la libertad de expresión con el permiso para difamar. Y no es lo mismo. La primera es un derecho que hay que proteger; la segunda, un abuso que, dependiendo del caso, puede rozar la esfera penal. Acusar a alguien de recibir dinero de un gobierno extranjero es algo muy serio.

Lo inquietante es que nos hemos acostumbrado a acusar sin medir las consecuencias y sin verificar la veracidad de lo que decimos. Como el mismo Tatan lo expresó: hay que ir a la fuente. En medio de esa prisa por ser los primeros en indignarnos, olvidamos que cada acusación sin fundamento trae consigo un daño. Al final, las malas lenguas terminan destruyendo reputaciones construidas durante años.

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