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Viernes 21 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Quiebra de la confianza

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Como ha sucedido en distintos momentos de la historia, el Estado —en términos generales y genéricos— vuelve a ser objeto de una discusión sobre su eficiencia, su necesidad y, sobre todo, su papel en la sociedad. Hay que decir que esta discusión no es neutra, alberga una intención política muy clara, que consiste en utilizar el Estado para garantizar y mantener privilegios, incluso a costa de negar oportunidades de desarrollo para la mayoría.

Sin embargo, aunque esta intención se hace cada vez más evidente, también es una discusión válida en un sentido profundo. El Estado, en sus diferentes formas de gobierno, se muestra cada vez más ineficiente a la hora de resolver los problemas que enfrentan los ciudadanos en su vida cotidiana. Esto genera una inconformidad abierta que potencia la pregunta: ¿es necesario el Estado?

Un ejemplo fácil de constatar es el apoyo a lo que hoy denominamos emprendimientos: esas iniciativas con las que las personas buscan ganarse la vida o generar ingresos extra, y que gozan de gran acogida social. Son muy apreciadas, incluso sobrevaloradas, pero que lograron ganar espacio en la agenda pública, abriendo la puerta a inversiones estatales.

No obstante, aunque estas iniciativas reciben financiamiento millonario, la gran mayoría no logran crear valor económico ni integrarse a los mercados, mucho menos transformar la estructura económica. Se entregan equipos, se imparten capacitaciones, se mejora la calidad de los productos… pero se fracasa en la comercialización.

Aquí aparece lo que podría considerarse el núcleo del problema: Las inversiones públicas se diseñan e implementan sin considerar los encadenamientos productivos ni la estructura del mercado al que se enfrentará el emprendimiento.

Como sociedad vivimos sobre un mercado cada vez más sofisticado, con diversidad de canales de comercialización y dominado por grandes compañías, lo que lleva a los emprendedores a nadar en el estanque de los tiburones.

Piense en un emprendimiento de mensajería compitiendo con Rappi; en la comercialización de productos por Instagram enfrentándose a Amazon; o en una asociación de mujeres que recibe del Estado máquinas de coser, capacitación en patronaje y crédito para telas, compitiendo en franca lid contra Shein. Todos sabemos el final de la historia, incluso la precuela: la sensación de que la política o el programa no funcionó, y por ende, su creador tampoco.

Por eso es absolutamente necesario que, cuando se piense en un proyecto cuyo objetivo sea apoyar cualquier tipo de emprendimiento, se piense primero en las ventas, en la caja y en la sostenibilidad del negocio, en soltar cuando todo ello este consolidado, y no antes, porque lo que se quiebra no es solo el emprendedor, es la confianza en lo que puede —o no— hacer el Estado.

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