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Viernes 09 de enero de 2026 - 01:00 AM

Queso de cabra… y huevos criollos

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Casi todo lo que leemos en los periódicos, decía Borges, lo leemos para el olvido. Y esto, ahora más que nunca, se volvió palpable. Quedan tan pocos escritores y columnistas que escriban de verdad (al menos en este país) que ya ni siquiera nos interesa hacer el esfuerzo de terminar de leer las parrafadas atribuidas a ciertos nombres. Lo que antes olvidábamos con el paso del tiempo, ahora nos proponemos olvidarlo activamente, porque duelen los ojos de tanta superficialidad, melosería y medianía.

En los periódicos, y también en las redes, se observa cómo algunos pseudoescritores, pseudocolumnistas y pseudoanalistas han preferido doblegarse a la comodidad de la inteligencia artificial para cumplir con su tarea de escribir y de pensar, como si hoy y siempre no fuera preferible un ser humano que escribiera y pensara, aunque mal, a una máquina que lo hace gramaticalmente bien pero sin contenido ni sustancia, llena de fórmulas vanas.

Si todos van a escribir por medio de la inteligencia artificial, mejor le damos una columna a la inteligencia artificial y ya está. Pero para adular su vanidad (no olviden la enseñanza del Eclesiastés), por la más burda mediocridad y también porque, en últimas, no aman ni honran su destino ni su existencia, ahora les dio por publicar textos usando todos el mismo ghostwriter. Y el resultado es que Pepita de Venezuela y Pepito de Colombia, y Lupita de México y Gasparito de Chile escriben igual… de horroroso.

Casi todo lo que leemos en los periódicos, insisto, lo leemos para el olvido. Pero ya echó a andar (a punta de pólvora made in USA, mare meva) el año 2026 y todavía no he podido olvidar una columna de 2009 firmada en El País de España por Manuel Vincent. Eran los años del gobierno uribista en Colombia y estábamos, jóvenes, rubicundos y soñadores, estudiando en la Javeriana bajo la guía de profesoras y profesores del derecho y la filosofía que, aunque fueran conservadores o liberales, de izquierda o de derecha, tuvieron casi siempre la delicadeza de invitarnos a pensar por nosotros mismos.

En la Séptima con cincuenta y pico había una gran valla en la que se veía al entonces presidente Uribe con la mano en el corazón (ya mucha gente empezaba a verbalizar lo patético del gesto) y debajo, o al lado, un mensaje peligroso: «O están conmigo o están con el terrorismo». Yo, después de desayunar, había abierto el correo y me había encontrado con la columna. El remitente, mi papá.

Sencilla y clara, en cierto modo resume todavía aquello a lo que aspiramos y a lo que no. La columna empezaba, más o menos, diciendo que era una fortuna caminar acompañado de gente sabia, divertida y escéptica, capaz de cambiar «cualquier verdad absoluta por un queso de cabra», los honores vanos por algo tan trivial como un sombrero de paja y cualquier promesa de eternidad por la embriaguez de la duda y la armonía de la naturaleza. Por el contrario, agregaba, cruzarse con gente de principios sólidos e inalterables era el mayor peligro con el que nos podíamos encontrar.

¿Por qué? Porque ese tipo de individuos, convencidos de su propia pureza, son siempre los primeros en levantar la piedra y transformarse en jueces sádicos al menor desvío de lo que ellos consideran el camino correcto. Te señalan, te denuncian, te expulsan y, mientras te mandan a la horca, son capaces de rezar por tu alma. Una manera rápida de llegar a la extrema violencia, siempre se ha sabido, es a través de la extrema piedad, en nombre del deber, en nombre de la justicia y de la ley.

Cuando vi la valla uribista de la Séptima con ese mensaje quedé pensativo. Aquel «o conmigo o con el terrorismo» condensaba una forma de entender el mundo difícilmente sostenible y, además, inmoral. No solo porque falseaba la complejidad de la realidad, sino porque clausuraba de un plumazo el disenso, reduciendo el espacio público a una falsa alternativa binaria en la que disentir era igual a delinquir. En nombre de esa claridad implacable se justificaron excesos, silencios y «falsos positivos», siempre con la tranquilidad de conciencia que concede sentirse del supuesto lado «correcto» de la historia.

Vincent, en la columna que acababa de leer, no estaba hablando de sus gustos personales, sino de una ética. La de quienes prefieren la incertidumbre compartida a la certeza sanguinaria, la conversación al anatema, un desayuno humilde (con café, pan y queso de cabra) antes que una verdad absoluta que exige obediencia, rueda de molino y, si hace falta, violencia y brutalidad.

El escritor finalizaba, si no me equivoco, de esta manera: «Hoy es un domingo de primavera y hay dos clases de desayuno. Por un lado, café, tostadas, queso de cabra y dudas relativas; por el otro, principios inalterables y ruedas de molino».

De la misma manera, nosotros podemos cerrar esta columna diciendo: hoy es una mañana invernal pero soleada, y hay dos clases de desayuno. Por un lado, jugos industriales y cereales azucarados, acompañados de certezas morales importadas, pulcras y aparentemente nutritivas, pero dictadas desde arriba por el dinero y el poder.

El otro es humilde, pero saludable: fruta, café negro, huevos criollos y arepa amarilla, acompañados con una conversación abierta, dudas razonables, memoria crítica y, cómo no, buen humor. Ese es el desayuno, no sobra decirlo, que queremos para este y para los demás años por venir.

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