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Domingo 18 de enero de 2026 - 01:00 AM

Deber ciudadano

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Ejercer el derecho al voto es un deber básico de cualquier ciudadano que no debería requerir mayor explicación. Es una responsabilidad elemental en una democracia y, al mismo tiempo, una de las pocas herramientas reales que tenemos para incidir en el rumbo del país y de nuestros territorios. Hasta ahí, lo obvio.

Pero nuestro deber es mucho más profundo: votar no es solo asistir a las urnas. Votar implica pensar, cuestionar y asumir las consecuencias de la decisión que se toma. Nuestro primer deber ciudadano es ser críticos y no tragar entero. Resulta increíble ver cómo personajes que han estado involucrados en los más deplorables y escandalosos casos de corrupción de nuestro departamento reaparecen, con sonrisas ensayadas y discursos reciclados, presentándose como los más indicados para representarnos. Más preocupante aún es constatar que muchos electores parecen dispuestos a olvidar por un abrazo, una foto y la falsa promesa de algún beneficio “cuando ganemos”.

También es desalentador ver a congresistas que no han hecho absolutamente nada por los santandereanos aspirar a la reelección como si su gestión hubiera sido ejemplar. Algunos de ellos, además, han defendido a capa y espada a un gobierno que olvidó por completo a nuestro departamento, que marginó sus proyectos estratégicos y que despreció su vocación productiva. Aun así, salen hoy a hacer campaña como supuestos defensores de nuestros intereses regionales.

Frente a esa realidad, el deber ciudadano es claro. Es hora de castigar a los politiqueros y a los mandaderos de los contratistas corruptos. No con escándalos pasajeros ni con denuncias que nunca prosperan, sino con el rechazo absoluto en las urnas. La indiferencia y la resignación solo perpetúan las mismas prácticas que tanto daño le han hecho a nuestras instituciones y a la confianza ciudadana.

El segundo gran deber tiene una dimensión nacional. Elegir como presidente a un candidato que tenga la capacidad real de representar a Colombia con seriedad y responsabilidad. Un candidato que tome decisiones estructuradas, que piense en el bienestar de las personas y también en el de las empresas, entendiendo que sin empresas no hay empleo ni recursos para la inversión social. Un candidato con conocimiento, con criterio y con un equipo idóneo para gobernar un país complejo. Pero, sobre todas las cosas, un candidato que sea capaz de ganarle las elecciones al establecimiento criminal que hoy nos gobierna. No es posible seguir sometidos a políticas de Estado donde priman los intereses de grupos ilegales y las decisiones populistas que amenazan con sepultarnos en la miseria de un modelo asistencialista, que desprecia el esfuerzo, castiga la productividad y debilita a quienes generan riqueza.

El deber ciudadano no se agota en votar. Exige pensar, recordar y decidir con responsabilidad. El futuro no se improvisa. Se elige. Y esa elección empieza por cada uno de nosotros.

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