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Viernes 30 de enero de 2026 - 01:00 AM

Adiós a los smartphones

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Hace días que venía preparando una columna sobre el Renacimiento, Maquiavelo y la política contemporánea a raíz de una declaración del presidente argentino (muy maquiavélica, por lo demás) en la que proclamaba la «muerte de Maquiavelo».

Sin embargo, habiendo leído hoy un artículo de Mary Harrington para el New York Times que se titula Thinking is Becoming a Luxury Good («Pensar se está convirtiendo en un lujo», en español), opté por cambiar de tema en el último momento.

Harrington parte de un contraste inquietante. Durante décadas, los niveles de coeficiente intelectual aumentaron de forma sostenida en casi todo el mundo desarrollado, pero hoy esa capacidad cognitiva parece estar infrautilizada o, peor aún, en retroceso.

En la última década, los índices de alfabetización adulta se estancaron o empezaron a caer en la mayoría de los países de la OCDE, con descensos especialmente pronunciados entre los sectores más pobres y la población infantil.

¿La causa? Dicho llanamente, el consumo de contenidos en el teléfono móvil, donde los textos largos fueron desplazados por imágenes y videos breves, esto es, por formatos diseñados para captar atención inmediata, exigir poco esfuerzo cognitivo y recompensar la gratificación rápida.

Y es que, en efecto, el entorno digital está diseñado para eso: distracción permanente, notificaciones, estímulos simultáneos y plataformas optimizadas para captar y retener atención de forma adictiva. En lugar de favorecer el razonamiento pausado o la comprensión compleja, este ecosistema incentiva operaciones breves pero intensas, calibradas para maximizar la compulsión.

El resultado es una mente entrenada para escanear, saltar entre fragmentos y reconocer patrones superficiales, no para sostener una línea de pensamiento, fijarse o prestar atención genuina. Una mente, en fin, que ya no se asombra por una noche estrellada, sino que salta de trivialidad en trivialidad, incapaz de sostener la mirada más de diez segundos sobre lo que realmente debería importarle.

Cualquiera que hoy se lo proponga lo puede de hecho notar. Las conversaciones se interrumpen cada tanto por la consulta ansiosa del teléfono o el dizque «reloj inteligente», que como decía una amiga el otro día «es la cumbre del mal gusto». Perder la atención ya no es algo que suela ocurrir por cansancio, se volvió hábito. La dispersión se normalizó.

Las señales, anota Harrington, son preocupantes en todos los Estados Unidos: más síntomas asociados al TDAH, menos libros completos asignados en escuelas y universidades, y una población adulta que, en su mitad, ya no lee ni siquiera un libro al año. El país más rico y poderoso del mundo y, sin embargo, con una dieta espiritual y física tan lamentable.

El cambio tecnológico, continúa Harrington, no solo afecta la atención, sino que amenaza con abrir una nueva brecha de desigualdad. Para explicarlo, la autora se sirve de una comparación con la expansión de la comida ultraprocesada o chatarra. Así como la obesidad se concentra cada vez más en los sectores con menos recursos, el deterioro cognitivo por la exposición a las pantallas sigue un patrón similar.

Los sectores de la población menos privilegiados acaban estando más expuestos a este consumo digital o bien porque la limitación de sus recursos reduce el acceso a alternativas culturales, educativas y de ocio de calidad, o bien porque los hogares con menos ingresos suelen tener menos tiempo y supervisión disponibles para acompañar a los niños frente a la tecnología.

Lo anterior equivale a decir que la «alfabetización profunda» (long-form literacy), o mejor dicho, la capacidad para pensar y leer textos extensos y complejos, empieza a convertirse en un privilegio. Mientras sectores acomodados, religiosos o tecnológicamente informados imponen límites estrictos al uso de dispositivos, las clases bajas se ven inmersas en un consumo digital sin filtros.

Para Harrington, esta dinámica anticipa ya una nueva forma de estratificación social: una élite que conserva la capacidad de concentración y razonamiento complejo frente a una población cada vez más embrutecida, con todas las consecuencias profundas para la vida pública y democrática que esto tiene.

¿Una sociedad que pierde la capacidad de pensar extensa y complejamente no se vuelve, al fin y al cabo, tribal, irreflexiva y cada vez más indiferente a los hechos, la historia o la evidencia? ¿Qué tipo de libertad puede ejercer un individuo que ya no dispone ni de tiempo ni de concentración para formarse un juicio propio?

Lejos de ser una hipótesis futurista, este proceso ya parece bastante avanzado en Occidente, como lo indica el debilitamiento del apoyo a la democracia entre los más jóvenes, el auge de partidos facistoides y la proliferación de teorías conspirativas.

Finalizando, Harrington subraya que este deterioro no favorece a una ideología concreta, sino a un tipo específico de actor: demagogos capaces de hablar el lenguaje técnico entre élites y, al mismo tiempo, el idioma simplificado y emocional de las redes.

Yo, sin embargo, difiero en esto último. Favorece, en definitiva, a aquellas ideologías que no necesitan convencer ni transformar nada, sino apenas garantizar que el mundo siga funcionando tal como lo ha venido haciendo en los últimos años.

Querido amigo, querida amiga, no me muestres tu último iPhone si lo que quieres es impresionarme. Háblame, más bien, del último libro que leíste… y de tu nuevo dumbphone.

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