La necesidad de fingir no nace de la maldad. Nace del miedo. Miedo a no encajar. Miedo a no ser suficiente. Miedo a que, si nos mostramos como somos, nos abandonen.
Desde pequeños aprendimos que había versiones de nosotros que eran más aceptables que otras. El niño “bueno”, la mujer “fuerte”, el hombre que “no llora”, el profesional que siempre puede, el líder que no duda. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a actuar. A editar lo que mostramos. A esconder lo que incomoda.
Fingir se vuelve un mecanismo de supervivencia, pero con el tiempo, ese mecanismo cobra factura.

Y es que a mí también me pasa y a veces no sé quién es el que habla.
No sé si es el psiquiatra que se supone que sabe.
El deportista que tiene que rendir.

El coach que debería inspirar.
El predicador que habla de Dios.
El padre que siempre protege.
El hijo que aprendió a no pedir.
O si soy simplemente yo, cansado de sostener tantas versiones.
Y ahí me doy cuenta de algo incómodo: los títulos también pueden volverse máscaras, no para engañar a otros, sino para no mirarnos de frente.
Porque cuando hablo desde el rol, me escuchan por lo que supuestamente sé, pero cuando hablo desde mí, a lo mejor me escuchan por lo que he tenido que vivir.
Y eso pesa.
Nos aplauden por alguien que no somos.
Nos aman por una versión cuidadosamente construida.
Y aunque haya compañía, aparece la soledad. Porque nadie puede sentirse acompañado siendo un personaje.
Sostener una máscara cansa. Cansa el cuerpo, cansa la mente, cansa el alma. Y el cansancio que muchos llaman ansiedad o depresión, a veces no es otra cosa que el agotamiento de fingir.
El problema no es solo personal. Es cultural. Vivimos en una sociedad que premia la apariencia, la productividad, la fortaleza constante. Que castiga la vulnerabilidad, la duda, el quiebre. Entonces fingir deja de ser una elección y se vuelve una exigencia.
Pero hay una verdad incómoda: nadie se sana siendo alguien que no es.
La libertad no llega cuando nos aceptan todos, sino cuando dejamos de traicionarnos para ser aceptados. Y ese momento —el de quitarnos la máscara— casi siempre asusta. Porque implica perder aplausos, decepcionar expectativas y, a veces, quedarnos solos por un rato.
Pero también es el inicio de algo más honesto: relaciones reales, descanso interno y una vida que no necesita actuación.
Quizás la pregunta no es por qué fingimos.
Quizás la pregunta es:
¿Qué nos pasó para creer que ser nosotros no era suficiente?
Bienvenidos a la clínica del alma.










