El pasado 26 de marzo, el Comité Olímpico Internacional tomó la decisión de exigir pruebas genéticas para definir quién puede competir en la categoría femenina.
La idea es “proteger” a las mujeres cis (que no son trans) de la supuesta amenaza que representan las mujeres trans en las olimpiadas.
Que el COI tome medidas para reforzar la seguridad del deporte femenino es sin duda positivo. El problema es la medida elegida.
Las mujeres trans pueden competir en las Olimpiadas desde 2004, desde entonces, solo una mujer trans, la pesista Laurel Hubbard, lo ha hecho.
Hubbard compitió en Tokio (2020), no pudo terminar ninguno de sus tres levantamientos, y regresó a su casa sin ninguna medalla.
Lo anterior deja claro que, aunque es cierto que las atletas mujeres de alto rendimiento enfrentan muchos retos que amenazan su desempeño, e, incluso, su permanencia en el deporte, las mujeres trans no son uno de ellos.
Si el COI realmente quiere protegerlas, debe empezar por reconocer los problemas reales que enfrentan.
Por ejemplo, un estudio reciente (2026) sobre las experiencias de mujeres en deportes de élite en el Reino Unido reveló que el 87% reportó haber sufrido acoso sexual, y el 40% alguna forma de abuso sexual.
La altísima prevalencia de acoso y abuso sexual en el deporte femenino es apoyada por múltiples estudios, incluyendo una investigación global que reveló que 31% de las atletas mujeres dijeron haber sufrido abuso sexual en espacios deportivos antes de cumplir 18 años.
Además de esto, las otras situaciones ampliamente reconocidas y estudiadas que impactan negativamente el deporte profesional femenino son:
– La brecha salarial y los bajos salarios que impiden vivir del deporte profesional.
– La falta de patrocinio y visibilidad.
– Las condiciones desiguales de entrenamiento y competencia.
Cuando se adopta una decisión para resolver un problema inexistente, ignorando las amenazas reales, no estamos ante una política de protección ni ante una norma técnica basada en biología o evidencia: estamos ante un mensaje político que fabrica enemigos, esparce desinformación y alimenta el pánico moral. Las atletas femeninas y las mujeres en general merecemos mucho más que eso.












