Para Nikos Kazantzakis, como para el poeta Augusto Pinilla, el acto de caminar y hablar a solas es indisociable de pensar y de vivir: de elevarse, de tocar la tierra, de vivirla, de amarla, de mirar los árboles, las aves y el cielo gris o azul al fondo. Caminar también por esos caminos que abrió el alemán Lengerke entre la selva, en Santander, donde soñó construir un pueblo en torno al “castillo” de Montebello, con hospital, 300 casas, parroquia y caminos.
Por esos caminos andan ahora 2.700 caminantes de todo el país, de todos los confines de este rico y diverso rincón del mundo llamado Santander, donde hay cañones y páramos, y que alguna vez fue grande, antes de la “Culebra Pico de Oro”. Esos inmensos árboles todavía están: los conquistadores españoles pensaban que tenían flores capaces de engullirlos, como engullen a los insectos y picaflores que habitan estas regiones encantadas.
Esos colombianos están aquí, en Zapatoca, purificándose en el camino y en el esfuerzo físico, como lo piensa el poeta Pinilla y Simón, que asciende montañas, camino a ser mejores seres humanos. Porque el movimiento es un ejercicio espiritual indispensable para trascender. No solo importa lo físico, sino la inteligencia, que no se queda quieta, a diferencia de quienes se quedan inmóviles frente al televisor, donde pasan las horas siguiendo una pantalla que titila.
Colombia se reunió en Zapatoca. Vinieron de todos sus rincones: del Amazonas, de La Guajira, del Caquetá, del Casanare, de Antioquia, del Valle, del Guaviare, de Pamplona, de Mutatá, de Medellín, de Bogotá, del Chocó profundo, de Boyacá, del propio Santander, de los Llanos con sus arpas, de Nariño, de Cundinamarca. Desfilaron las comparsas por las calles de Zapatoca en este encuentro cultural de las regiones, con sus trajes típicos, y después bailaron con alegría y ganas; con la energía de cada región han ido dejando su fuerza en cada rincón del pueblo, en cada esquina.
Como Zorba, se bailó por la libertad y por la paz, porque esos 2.700 caminantes demuestran que podemos vivir plenamente y en paz, libres de la baja política, de la rabia y del miedo. Tal como le dijo Zorba —un alma simple y vital— al patrón, un intelectual rico que lo tenía todo: “Solo le falta una cosa, patrón; un tris de locura para esta vida”. Porque sin ese tris la vida es muy difícil. Hasta la “Marimonda” apareció: se vino de Barranquilla a espantar al fantasma de Lengerke. Y de Aracataca llegaron trayendo al Coronel al que nadie le escribía, y dejaron sus cien años de soledad.
Encuentro que merece una felicitación este evento: por la paz, por la limpieza, porque la economía del pueblo se movió y porque no se necesitó sino voluntad. Y también porque no tuvo dueño: solo organización civil, que merece todo el reconocimiento.
La “geografía se hace a pie”, dijo un viejo anarquista












