El recuerdo más lejano que tengo de un Mundial de fútbol es el de Argentina 78, que vimos en casa en un radio-televisor de marca Crown, cuya pantalla 4:3 no medía más de doce centímetros por diez debido, seguramente, a algún daño en el aparato familiar. Mi hermano, que siempre va dos pasos adelante, no sé de dónde sacó unos estampados a los que había que hacerles todo un proceso para pegarlos en camisetas con la imagen de Gauchito, la mascota de ese épico campeonato.
Cincuenta años después —casi—, el Mundial, que no necesita del complemento para entender que es el máximo certamen deportivo del planeta, es una máquina tragamonedas que facturará catorce mil millones de dólares, según el diario El Mundo de España, en un ciclo de cuatro años, entre Catar y el actual torneo, una suma que serviría para construir otro telescopio espacial como el James Webb, ciento cincuenta mil viviendas de interés social o un aeropuerto internacional de primer nivel, empezando desde cero.
Si bien las expectativas de los entendidos preveían estadios vacíos debido al incremento en la cantidad de equipos participantes (de 36 a 48), un experimento por ‘democratizar’ la participación de países que soñaron con llegar hasta esta instancia, y por las enormes distancias entre las diferentes sedes localizadas en los tres países norteamericanos, el aforo ha estado a reventar, al noventa y seis por ciento, según su máximo rector, Gianni Infantino, sin importar que, esta vez, la FIFA ofreció la venta de boletería bajo el sistema de precios dinámicos; es decir, el valor de una entrada podría variar drásticamente en diferentes momentos para un solo partido. Se calcula que esta edición triplicará el recaudo alcanzado en Catar 2022.
La pausa de hidratación, nueva regla tan exótica como criticada por ‘puristas’ del balompié, aumentó la venta de pauta publicitaria en un mercado, como el estadounidense, acostumbrado a los cuatro cuartos de la NBA o la NFL. Cada anuncio oscila entre los ciento setenta mil y doscientos setenta mil dólares, que se suman a la bolsa de recaudo en ciento treinta segundos más, ahora, con ciento cuatro partidos para televisar. Sume y multiplique, estimado lector, la friolera de ‘billete’ que recauda el torneo con la excusa de batir una cuestión puramente deportiva: el calor.
Y algo más: según Bank of America, este Mundial podría inyectar al PIB global cuarenta mil millones de dólares, mal contados, al sumar cada centavo que mueve la economía alrededor del juego: apuestas, venta de camisetas, tiquetes aéreos y terrestres, alojamientos, restaurantes, bebidas, álbumes y láminas, entradas a las zonas de fans, suscripciones a plataformas de video y un largo etcétera del cual ya no nos vamos a devolver. ¡Que gane Colombia!











