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Columnistas
Martes 21 de julio de 2026 - 11:57 AM

La orfandad del progreso

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A puertas de un nuevo gobierno en Colombia, cierro este ciclo de reflexiones sobre la izquierda con un comentario sobre el “progresismo”, ahora que el mapa político latinoamericano —siguiendo una clara tendencia mundial— se ha inclinado hacia la derecha.

Esta pérdida de terreno es tan notable que el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, mencionó en la cumbre del G7 ante la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, y el canciller alemán, Friedrich Merz: “Yo nunca fui un izquierdista, yo era un líder sindical”. Este intento de distanciarse de su histórica militancia resulta desconcertante. Cabe preguntarse si responde a la vergüenza o al temor de ser asociado con esa corriente, pues sus palabras revelan que aquello que antes reivindicaba con orgullo hoy es algo de lo que busca desmarcarse.

Para rastrear el origen de este colapso, resulta útil el marco histórico que ofrece la edición de Cátedra de Memorias del subsuelo. Allí se detalla cómo las reformas del zar Pedro I —como la “Tabla de Rangos”, un estricto sistema burocrático de catorce niveles— sembraron en Rusia la estructura jerárquica que más tarde adoptaría el sistema comunista, donde la clasificación de la sociedad por grados y rangos adquiriría una importancia central (18). Resulta paradójico que un sistema que proclamaba la igualdad terminara otorgando semejante importancia a las jerarquías y los rangos.

Esta aparición abrupta de reformas modificó las dinámicas sociales; alcanzar la cúspide piramidal se convirtió en la mayor aspiración, pues garantizaba un prestigio aparente. Ante esto, Dostoievski advirtió el lado oscuro de este “falso progresismo modernizador”. Para el autor, este modelo prometía progreso con una mano mientras que, en la otra, escondía “las serviles cadenas burocráticas que fraguarían para siempre entre los súbditos rusos el inquebrantable espíritu del funcionario” (20).

Bajo estas premisas, es fácil vislumbrar el desgaste actual de la izquierda. El problema de fondo ha sido revestir buenas causas con discursos seductores pero insostenibles; un sistema de rangos y privilegios que, lejos de emancipar, termina degradándose hasta volverse mezquino e inoperante.

Frente a este escenario, estamos llamados a forjar una nueva manera de hacer política. El progreso debe permanecer en la agenda, pero redefinido desde la solidaridad, en donde la indulgencia y el respeto hacia el adversario sean pilares fundamentales de la democracia.

Si la política es de ciclos, la clave está en evitar los extremos estériles que, sin duda, algún día caducan. Así, las futuras dirigencias se ahorrarán el costo político de recular públicamente —como le ocurrió recientemente a Lula da Silva—, evitando dejar un legado que termine desconociendo, por conveniencia coyuntural, toda una vida de trayectoria política.

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