Mucho antes de que una persona entienda el significado de palabras como liberalismo, conservatismo o socialismo, ha comenzado ya su formación política. Ocurre inicialmente en la familia, ese primer espacio donde conocemos cómo funciona la autoridad, quién toma las decisiones, cuál es la relevancia de las normas de convivencia y qué ocurre cuando alguien se aparta de lo establecido. Allí incorporamos también algunas nociones sobre la libertad, la propiedad, la responsabilidad o la pertenencia. Aprendemos si disentir constituye una falta de respeto o una posibilidad legítima; si las decisiones requieren explicación o basta con invocar la autoridad; si las diferencias pueden convivir bajo un mismo techo o terminan convertidas en motivo de exclusión.
No significa que la familia determine nuestra ideología. Sería una conclusión simplista. Hay quienes reproducen buena parte de los valores recibidos y otros que construyen su identidad precisamente en oposición a ellos. Una crianza severa puede producir adultos refractarios a cualquier forma de jerarquía. Un hogar religioso puede formar a quien después se declara agnóstico. Algunas ideas se heredan y otras nacen de nuestra necesidad de revelarnos.
Por ello la enorme importancia de la escuela. La función de los maestros no es sustituir las convicciones familiares, ni reemplazar un dogma por otro. Están llamados a ampliar el horizonte y proporcionar herramientas para contrastar ideas. También a desarrollar la capacidad de razonar antes de aceptar o rechazar una afirmación. Educar no consiste en transmitir verdades cerradas, sino en ayudar a que los jóvenes aprendan a formular preguntas, examinar distintos puntos de vista y convivir con quienes acogen interpretaciones diferentes.
Resulta significativo que en su discurso de posesión el presidente Abelardo de la Espriella —dentro de una ceremonia con evidente componente religioso— formulara una frontera que conviene preservar: “la educación no puede convertirse en instrumento de adoctrinamiento ideológico. Las aulas pertenecen al conocimiento, la ciencia, las humanidades y el pensamiento libre. Nunca a la propaganda política. La misión de la escuela consiste en enseñar a pensar, pero no en decirle a nuestros niños y jóvenes cómo tienen qué pensar y lo que tienen que pensar”.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de algo más difícil que obedecer o rebelarse. Necesita personas que piensen por sí mismas, sostengan sus convicciones sin convertirlas en dogmas y reconozcan el derecho de los demás a pensar distinto. La educación no está llamada a sustituir la herencia de principios y valores recibida en casa, sino a enriquecerla y ofrecer herramientas para comprender mejor el mundo. Tal vez allí radique una de sus tareas esenciales: ayudarnos a hacer consciente lo aprendido y a ejercer con libertad y responsabilidad nuestro propio criterio.












