Las imágenes que nos mostraron en los noticieros de televisión y los videos de camarógrafos ocasionales que asistieron al estadio El Campín de Bogotá el sábado 22 de agosto dejaban ver a un grupo numeroso de sujetos que —por cierto— corrían unos detrás de otros con unos cuchillos para matar rinocerontes y que suelen medir entre 15 y 20 centímetros, es decir, de 6 a 8 pulgadas. Seguramente tenían algunos más grandes guardados en las caletas que ellos mismos construyeron en los escenarios, convertidos desde hace muchos años en campos de batalla, como la protagonizada en Germania por las tribus bárbaras y los soldados del Imperio Romano, comandados por Maximus Decimus Meridius. Presuntos seguidores (lo de hinchas está en discusión) de Santa Fe y América de Cali se retaron en el césped del Nemesio Camacho, todo por culpa de unos trapos que unos les robaron a los otros. No voy a especificar quiénes eran los unos y quiénes los otros, pero se parecían a los hunos de Atila.
Hace un par de días salieron las sanciones del Comité Disciplinario de la Dimayor, y vamos a fingir sorpresa: 2 fechas de suspensión total de la plaza, es decir, del estadio El Campín; deben jugar a puerta cerrada. Cuando escriben plaza, no se refieren a la plaza de Paloquemao o a la del Siete de Agosto; suspenden el estadio capitalino, es decir, siguen las sanciones para el cemento. La multa es suave, la módica suma de 15’758.145 pesos. El Pascual Guerrero también fue castigado con una fecha, sin público en sus graderías y una multa de 14’007.242 pesos. Los trapos y los instrumentos también fueron sancionados por la Alcaldía de Bogotá, en cabeza de Carlos Fernando Galán: de aquí a nueva orden, ni el Barón Rojo, ni el Disturbio Rojo, mucho menos la Guardia Albirroja, pueden ingresar con estos elementos a las tribunas de El Campín. Eso sí, de los cuchillos, los machetes, las ametralladoras y las armas de corto y largo alcance ¡no dijeron nada!
No me quiero imaginar la tristeza de los pobres trapos y la de los instrumentos; ¡deben estar inconsolables! Menos mal que a estos genios de la Dimayor, encabezados por Carlos Mario Zuluaga, no los multaron. No me imagino a una trompeta o a una bandera del Santa Fe o del América pagando una multa en la Secretaría Distrital de Movilidad. Y, como si fuera poco, el partido que jugaron los equipos Deportivo Cali y Atlético Bucaramanga terminó convertido en una reyerta de cantina. Hubo un mal arbitraje: no discuto los penales sancionados; de pronto, el segundo en contra del equipo Leopardo; pero eso es lo de menos. Nunca he entendido, por más de que lo explique muchas veces, qué quiso hacer Pablo Peirano al ingresar raudo al terreno de juego. La muy mala cancha del bello escenario del cuadro azucarero resultó invadida por los que dicen llamarse hinchas de uno de los equipos más grandes, históricos y queridos de nuestra historia: venían por los jugadores dirigidos por Rafael Dudamel y también por él. Se salieron de casillas porque su equipo no tiene los resultados esperados, que no es excusa para agredir a quienes patean un balón. La sanción para Peirano fue exagerada: 6 fechas de sanción y una multa de más de 10 millones de pesos. Como dijo Carlos Antonio Vélez: «¿Es más grave lo de Peirano que lo de Bogotá y lo de Cali?». Faltó que la Comisión pidiera su extradición. Dudamel terminó hablando de su colega y obviamente defendiendo a sus jugadores. Desde noviembre de 2024 no es el técnico del Atlético Bucaramanga, pero hace parte de nuestra historia, grabada por siempre en nuestros recuerdos. Pero al yaracuyano no le queda bien hablar mal de un colega, que, al igual que él, se gana la vida sufriendo desde la raya. Eso sí, la Dimayor tiene al fútbol colombiano envuelto en trapos y convertido en harapos.

Nota: Los espero hoy en Ulibro a las 11 de la mañana con Hernán Peláez en el Auditorio y a las 5 de la tarde presentando el libro “El triunfo siempre nos fue ajeno”, en la tarima de independientes.










