Una empresa puede tener instalaciones modernas, máquinas sofisticadas y herramientas de inteligencia artificial, pero si sus trabajadores llegan agotados, pierden la motivación o sueñan cada día con renunciar, algo esencial está fallando. La tecnología puede impulsar un negocio, pero son las personas quienes le dan sentido y hacen posibles sus resultados.
Un estudio reciente sobre bienestar laboral recoge dos cifras que deberían incomodar a más de un gerente. Según Wellhub, el 86 % de los colaboradores considera que el bienestar en el trabajo es tan importante como el salario. Una encuesta de miCVideal a más de 1.200 personas encontró que el 88 % se siente desgastado y que uno de cada cinco piensa cada día en abandonar su empleo. Son mediciones con alcances particulares, no una radiografía de todos los trabajadores colombianos, pero sí señales que sería irresponsable ignorar.
Durante mucho tiempo, la relación laboral se entendió como una transacción: la empresa paga y el trabajador cumple. El salario sigue siendo esencial, especialmente cuando el costo de vida presiona los hogares, pero no alcanza para explicar por qué alguien permanece en una organización, se compromete con sus objetivos o decide marcharse incluso cuando recibe una remuneración competitiva. También cuentan el respeto, la autonomía, el reconocimiento, las posibilidades de aprender y la sensación de que la vida no tiene que quedar suspendida cada vez que comienza la jornada laboral.
A ese conjunto de expectativas se le ha llamado «contrato emocional». No suele aparecer en los documentos que se firman al ingresar, pero se construye desde la entrevista de selección y se pone a prueba todos los días. Una compañía puede anunciar que confía en sus empleados y, al mismo tiempo, vigilarlos como si cada minuto de autonomía fuera una amenaza. Puede hablar de equilibrio entre vida y trabajo mientras castiga a quien no responde mensajes avanzada la noche.
Tampoco se trata de eliminar las exigencias: las empresas necesitan resultados. La pregunta es si están creando las condiciones para alcanzarlos sin desgastar innecesariamente a las personas.
Los buenos empleadores aprenden a escuchar antes de que sus colaboradores renuncien. Las encuestas de clima pueden ayudar, pero preguntar cómo está la gente para después ignorar sus respuestas solo profundiza la desconfianza.

La discusión es también estratégica. Una oficina puede remodelarse y un software puede actualizarse. Recuperar el conocimiento que se marcha por la puerta o recomponer un equipo desgastado puede resultar mucho más difícil y costoso.
Esta reflexión conecta directamente con la misión de talento humano de la Visión Santander 2050. Si queremos un departamento más competitivo, innovador y próspero, necesitamos empresas capaces de atraer, formar y retener personas, reconocer sus capacidades y ofrecerles oportunidades para desarrollarlas.










