Un acto no es moralmente bueno ni malo por comparación con otros actos similares. Un asesino no está justificado moralmente porque conoce a un vecino que mató también. El genocidio durante la Alemania nazi no está justificado porque la Unión Soviética o China cometieron crímenes atroces. Defender lo contrario es una falacia, conocida como tu quoque o del empate moral. Lo que me parece terrible es que a estas alturas de la historia tenga que recordar que se trata de un error lógico. Una acción es buena o mala desde el parámetro de valoración asumido, la intención y las circunstancias de ese caso concreto, nunca desde una comparación.
Sin embargo, observo con preocupación cómo se está haciendo política en nuestro país. Cuando se exhibe un escándalo de corrupción del gobierno saliente, los defensores de Petro salen a defenderlo con la falacia antes señalada: que el gobierno de Duque o de Abelardo han hecho lo mismo. Y lo mismo sucede cuando se muestra un hecho indebido desde las toldas del actual gobierno: sacan a relucir los escándalos del gobierno anterior. Justo por eso opiné en esta misma columna que la peor decisión de la izquierda sería entronar a Petro como el líder de la oposición porque, una vez él hiciera alguna denuncia al nuevo gobierno, el partido gobiernista recurriría a exhibir cualquiera de los escándalos pasados para quitarle peso a la denuncia misma, a la vez que esto impediría el relevo de liderazgo que se necesita en un partido que ha perdido en las urnas, para ser de nuevo una opción de poder.
Pero volviendo al tema que me inquieta, parece que estamos ante un concurso de quién es menos malo o corrupto, cuando esto no es el objetivo de la política. A esto se suma que este juego falaz de los dos polos le está haciendo creer a la ciudadanía dos cosas terribles: 1) que no hay más alternativa política eficaz que ser abelardista o petrista (nos están imponiendo la muerte de la imaginación: ¿por qué no podemos soñar con otras alternativas?); y 2) que al momento de elegir no se debe escoger a alguien decente, porque todos se sacan en cara sus abusos, sino el menos malo (nos están imponiendo un pesimismo electoral).
Me llama la atención, con profunda tristeza, que los seguidores de un polo o del otro, hace tiempo dejaron de exigirle cordura y decencia a su político de cabecera, so pena de quitarle su apoyo, y prefieren defenderlo con falacias: mi líder (por lo demás, estamos rayando en la idolatría) no puede ser juzgado por sus actos u omisiones porque el del otro bando ha hecho o dejado de hacer lo mismo.
Sin embargo, en este juego de tapar un escándalo exhibiendo los del adversario, a la larga favorecerá a la derecha recalcitrante, porque el electorado castiga con mayor dureza a quien ha prometido un cambio moral frente a los abusos previsibles de quienes ya gobernaban tradicionalmente. Por tanto, los escándalos de la izquierda pesan más porque causan mayor desencanto, debido al listón ético con el que llegaron al poder. En conclusión, espero que la cordura del ciudadano ponga freno a la falacia del empate moral en los debates políticos, especialmente en la izquierda pues, de no hacerlo, pagará un precio mayor que la derecha.












