Hemos aprendido a recomendarle a quien recibe insultos en internet que cierre su cuenta, bloquee usuarios o, simplemente, deje de leer. Así, la persona agredida termina encargándose de desaparecer mientras los demás seguimos navegando. Frente a esa costumbre, organizar lo que llamaríamos una ‘avalancha’ de amabilidad tiene algo de rebeldía: permite disputar el espacio que hemos dejado ocupar por la crueldad y la violencia que habita todos los días en redes.
Un reportaje de BBC Mundo cuenta la historia de Laura Tigeleiro, una mujer con esclerosis múltiple que compartía recetas saludables en TikTok y recibía burlas sobre su apariencia. Un día, uno de sus videos se llenó de miles de comentarios afectuosos. Detrás estaba Kindness Mob, una iniciativa creada por Tyler Brickley para convocar a sus seguidores a respaldar a personas que están siendo atacadas o cuyo contenido pasa inadvertido. Esa comunidad se organiza para hacerse presente donde alguien está quedando solo.
La propuesta resulta interesante porque interviene en una dinámica que conocemos demasiado bien. Basta con que aparezca una burla para que otros se sumen. Una característica física, una manera de hablar o cualquier diferencia se convierte en material de entretenimiento resguardado por el ‘anonimato’ de las redes y sin calcular nunca efectos que son muy reales para las personas afectadas.
Una avalancha de amabilidad puede alterar ese ambiente. Cuando aparecen expresiones de respeto, interés por lo que alguien comparte y reconocimiento de su trabajo, cambia el tono de la conversación. La víctima de violencia digital encuentra compañía y quienes observan reciben otra señal sobre la conducta que esa comunidad está dispuesta a respaldar. Allí está la fuerza de esta iniciativa: demostrar que también podemos reunirnos alrededor del cuidado y el reconocimiento en internet.
Solemos pensar que nuestra participación individual tiene poco alcance y que un mensaje parece insignificante frente a cientos de. Sin embargo, cada intervención contribuye a definir el trato que encuentra quien pública. Celebrar una receta, agradecer una explicación o destacar una habilidad permite devolverle atención a aquello que esa persona quería compartir antes de que su cuerpo o su identidad se convirtieran en blanco de ataques.
El acompañamiento adquiere sentido cuando devuelve capacidad de decisión a quien está atravesando esa experiencia sin desconocer que recibir atención masiva puede resultar abrumador, incluso cuando llega con buenas intenciones. Ayudar exige sensibilidad para evitar que una historia dolorosa termine convertida en espectáculo, que termine reducida a la condescendencia (que es tan violenta) o que alguien quede reducido a una condición de salud.
La apuesta de avalanchas de amabilidad en internet merece extenderse porque cuestiona esa resignación con la que aceptamos que exponerse implica soportarlo todo. Cuando nos organizamos para acompañar, hacemos más habitable internet y se generan comunidades con apuestas verdaderas de paz.












