Columna de opinión de Armando Martínez Garnica

Los presidentes Manuel Murillo Toro y Aquileo Parra, tanto del Estado de Santander como de los Estados Unidos de Colombia, fueron unos liberales radicales que se ilusionaron con la construcción de líneas ferroviarias, especialmente con el Ferrocarril del Norte, que saliendo de Bogotá encontraría una manera de llegar a un puerto fluvial que conectara con los vapores del río Magdalena.
¿Por dónde iría esa ruta férrea? Saltaron los legos atrevidos en Santander. Unos de Bucaramanga propusieron que la línea saliera del lago de Paturia hacia la ribera del río Lebrija y Piedecuesta, que de allí bajara por el río Manco hasta Umpalá y que siguiera río Chicamocha arriba hasta Corrales, desde donde podría seguir hasta Chiquinquirá, Ubaté y Bogotá.
Estos legos, como es de suponer, nunca habían visto una locomotora arrastrando vagones. Otros propusieron el trazo por Puente Nacional, Jesús María y el río Carare, después de subir y bajar la cordillera oriental.
Vino un experto ingeniero inglés, William Ridley, a comienzos de la Administración de Manuel Murillo. Con simpáticos vaquianos fue en su mula hasta la laguna de Fúquene, siguió el curso occidental del río Suárez hacia el norte y llegó a Zapatoca. Allí se asomó al cañón del río Sogamoso, miró al occidente hacia la llanura fluvial y se regresó sonriendo a Bogotá.
Su informe técnico es una muestra de sabiduría: los legos eran unos atrevidos, porque era tan largo y escabroso el recorrido férreo que los ingenieros se verían a gatas para construir muchos túneles y viaductos.
De igual forma, la inversión de capital iba a ser tan alta que la carga a mover no daría ningún rendimiento aceptable para un inversionista extranjero cuerdo.
Vinieron entonces los legos veleños a proponer la ruta del Carare, más corta y barata. Pero Ridley le dijo a Parra, quien tenía su electorado en la provincia de Vélez, que el Estado no tendría la plata para hacerlo por esa vía.
¿Qué dijeron los legos atrevidos de Bucaramanga? Que Parra solo quería hacer el ferrocarril por el Carare para valorizar las 300 hectáreas que tenía en la Cuchilla de Gallegos.
Delicado caballero que era, Parra las puso en venta, pero no encontró algún comprador.












