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Donaldo Ortiz Latorre
Lunes 28 de diciembre de 2015 - 12:01 AM

El brujo postergado

Publicado por: Donaldo Ortiz Latorre

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En esta época de posesiones de funcionarios, en esta época de promesas hechas en el clímax de las campañas, me atrevo a tomar este título de un cuento de Jorge Luis Borges sobre un deán que quería aprender el arte de la magia. Cuenta Borges que para eso acudió a don Illán de Toledo, famoso porque sabía el arte como ningún otro. Este lo recibió con bondad y escuchó atentamente la razón de su visita. Don Illán le dijo que adivinaba que el deán era hombre de gran porvenir y temía ser olvidado luego por él, pero el deán le prometió que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus órdenes. “Cuando ya se pusieron de acuerdo, dijo el mago al deán que aquella ciencia sólo se podía enseñar en un lugar muy apartado y que por la noche le mostraría dónde había de retirarse hasta que la aprendiera. Luego, cogiéndolo de la mano, lo llevó a una sala y, cuando se quedaron solos, llamó a una criada, a la que pidió que les preparase unas perdices para la cena, pero que no las asara hasta que él se lo mandase”. Los hombres se encerraron y por arte de magia el deán se vio ascendido a obispo, luego a cardenal y por último a Papa. Sin embargo, con el poder vino la ingratitud. Siempre iba don Illán siguiendo y besando los pies del antiguo deán, pidiéndole mercedes que eran negadas sistemáticamente. Ya siendo Papa el antiguo alumno lo amenazó con la cárcel si seguía insistiendo, diciéndole que bien sabía que no era más que un brujo. En una ocasión Don Illán le rogó que le diera algo de comida. El Papa no accedió y don Illán dijo entonces que “se comería las perdices que para esta noche había encargado”. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea de Toledo, solamente deán de Santiago y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle.

Ojalá muchos políticos no sean como el deán, ingratos y mentirosos o como muchos de los que se van, con las valijas llenas.

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