
En el barrio El Centro de la cálida Barrancabermeja nació un 11 de agosto de 1944, el zaguero central Gilberto Centeno Pedrozo, hijo de don Noemí Centeno y doña Isidora Pedrozo, pero a quien el circuito del fútbol colombiano conoció como el “Burro” Centeno, gracias a que un día cualquiera el uruguayo Cleto Castillo lo vio sin ropa en el camerino y desde allí le quedó el apodo para siempre a este “Come mango”, como se identifica a los residentes de dicho barrio del distrito petrolero. Jugaba en las hirvientes calles de su natal puerto, mientras su padre trabajaba con la empresa estatal Ecopetrol. Por ser un muy buen alumno se vino para Bucaramanga y estudió becado en el colegio Eloy Valenzuela, más conocido como el Salesiano. Gilberto se enteró que había una convocatoria para jugar en la selección Santander y lo dejaron de una representando al departamento. Estando allí conoció a su compañero y amigo de muchos años en el Atlético Bucaramanga y el fútbol, el gran Carlo Man Ávila. El burro Centeno debuta el 13 de marzo de 1965 y con victoria nada más ni nada menos que ante el Deportivo Cali, onceno que salió campeón ese año. Gilbertico rebuznó emocionado y sin dudarlo afirmó que los jugadores más grandes con los que actuó en el equipo y a los que admirará por siempre serán Américo Montanini, Papo Flórez, Hugo Scrimaglia y su compadre Carlo Man, con quien Victor Pignanelly edificó la defensa del gran equipo del 75. Daban suela sin miedo, tenían buen juego aéreo, y salían jugando con propiedad. Alguna vez tuvo de compañero a Julián Martínez y todos los centro delanteros rivales lo pensaban por la sacudida que les esperaba. Hizo tres autogoles y jugó en Real Cartagena y su carrera se terminó en un entrenamiento del Bucaramanga en agosto de 1980 cuando saltó a buscar un balón y por no hacerle daño a Nelson “Paquetico” Riveros, cayó en una sola pierna y se reventó hasta los ligamentos del alma. Se retiró y empezó a dirigir equipos aficionados. Rodolfo González García se lo llevó en los años 90 para Bogotá a trabajar con la Contraloría y luego el risueño defensor de orejas grandes y pelo grisáceo igual que el de su mamífero apodo, ingresó a laborar con Ecopetrol, empresa que lo despidió de manera miserable cuando a nuestro équido zaguero le afectó una trombosis. Su carcajada es tan sonora como el roznido de un cuadrúpedo en cuarentena. Vive feliz en Bogotá al lado de su compañera de siempre Cristina Díaz con quien tuvo tres hijos varones y a los cuales sacó adelante como profesionales. Uno de ellos vive en Europa. Habla del equipazo del 75 y todavía se pregunta porque no fueron campeones, claro que responsabiliza al arquero argentino, Miguelucci, porque no veía de noche, y jamás olvidará la famosa goleada al Junior 5 a 3. Sus ojos brillan de felicidad, como el sol que se oculta en las pupilas de la nostalgia y sus recuerdos están intactos. El burro Centeno, quien fuera capitán del Atlético en el 74, 75 y 76, pasa sus días pastando en las canchas del norte bogotano, entrenando equipos de veteranos. Gracias a Carlos Aparicio logré contactarlo y pude hablar con uno de mis ídolos de siempre, el gran Gilberto Centeno, a quien le digo en medio del abrazo y las lágrimas que el fútbol es para inteligentes, por eso jugó 15 años como profesional y aparte fue un estudiante brillante. Lo de burro se lo dejamos al viejo Cleto.
Chao y hasta la próxima.











