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Felipe Zarruk
Domingo 08 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

“A mi papá también lo mataron el 11 de octubre”

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El 11 de octubre de 1981, cuando la oscuridad de la noche reinaba, llegaron a la Droguería Cala, de propiedad de don Ernesto Cala, unas muchachas buscando al papá de Leonel, más conocido como ‘Calitas’; venían a avisarle que su hijo había sido asesinado de un tiro de fusil durante la balacera que se armó en el estadio Alfonso López una vez se suspendió el partido de fútbol entre el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla. Mina, una de las hermanas mayores de Leonel, se fue para la morgue a identificar el cuerpo de su hermano, quien yacía inerte sobre una losa fría, ensangrentado y con su ropa hecha jirones. Ella, con una valentía sin igual, se acercó hasta el cuerpo de su hermanito; llevaba una toalla en sus manos y le limpió la sangre. Cuando lo volteó, se dio cuenta de que su nuca estaba destrozada por una bala que casi le separa la cabeza del tronco. Hace un par de años, Mina me relató en la sala de su casa lo que ustedes acaban de leer; el camarógrafo y yo fuimos incapaces de aguantar las lágrimas.

El 5 de noviembre de ese año llegó al mundo Magaly Cala Rodríguez, hija de don Ernesto y de doña Edilma; la niña nació en medio de la tragedia que había enlutado el hogar de los Cala, quienes vivían en la calle 7.ª 21-35, ubicada en el barrio Comuneros. Mientras ella crecía entre pañales y biberones, su papá se iba para el patio de la casa y todas las noches lloraba mirando al cielo; no puedo precisar si buscaba a su hijo, tampoco puedo afirmar si le estaba preguntando a Dios por qué le había sucedido eso. Sollozaba cada noche después de atender la droguería de su propiedad; se sentaba por largas horas, no comía, se fue apagando lentamente, caminaba presuroso al encuentro con su hijo, el cual ocurrió un 23 de noviembre de 1983. Hace un mes, me contactó por Facebook una dama cuyo nombre figuraba en la reconocida red social como Magaly Cala Rodríguez; sabía todo sobre mí, había leído las columnas, crónicas y reportajes que durante más de 16 años publiqué en Vanguardia, en el noticiero Oro Noticias, dirigido por Carlos Julio Castellanos, y en la emisora Onda Cinco, de Juan Manuel González. Intercambiamos teléfonos y, en nuestra primera charla, que duró aproximadamente dos horas, me relató cómo fue su vida después de la partida de su papá.

“Yo no tengo ningún recuerdo de mi papi, a él lo mataron el 11 de octubre de 1981. No pudo superar la pena del asesinato de mi hermanito. Nací en la Clínica La Merced, 25 días después de la muerte de Leonel; recuerdo que estudié mi primaria en la Concentración Comuneros, el bachillerato lo hice en el Instituto Santa María Goretti y estudié Derecho en la Santo Tomás. Me especialicé en Derecho Contractual en el Externado e hice una maestría en la misma universidad. Creo que el destino hizo que nos encontráramos por algo; me gustaría volver a leer las sentencias que se le ganaron al Estado. ¡Quién quita que logremos justicia!”.

Se emocionó cuando leyó todos nuestros escritos al respecto; se llenó de bronca porque no pudo conocer a su papá, tampoco a su hermano. Vivió todos estos años con las fotos de ellos colgadas en las paredes de su corazón; ha tenido el dolor adherido en la piel. Le conté muchas historias que durante estos años fueron apareciendo a cuentagotas; le hablé sobre doña Rosita de Martínez, la mamá de José Germán, asesinado aquella tarde por dos disparos de fusil que le destrozaron el pecho. Don José Rosario Martínez, padre del jugador del barrio La Victoria, falleció tiempo después de esa tragedia; no soportó el dolor, se lo llevó la pena, igual que le sucedió a don Ernesto Cala. Hoy cierro un capítulo doloroso en la vida de muchas familias; cada vez que escribo algo sobre el tema, me afecta demasiado. Salvo que aparezca otra historia digna de contar, volveré sin ninguna duda a encarar este penoso episodio. Las víctimas me agradecieron y se manifestaron conmigo; saben que nunca los olvidaré. Un abrazo para todos, incluida Magaly, quien nunca conoció a su hermano, tampoco a su papá.

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