¡Fuerza Migue!
Miguel siempre ha dado la cara. Nunca se ha escondido. Nunca le saca el cuerpo a un debate ni a una crisis.

Empezamos siendo competencia. Corría el 2011 y los dos queríamos llegar al Concejo de Bogotá. Jóvenes, decididos, sin maquinarias, solo con nuestras ganas de servir. Éramos rivales en las urnas, pero nunca enemigos. Desde ese primer momento supe que Miguel era de los buenos: serio, decente, con ideas claras y carácter firme. No éramos cercanos entonces, pero ya se notaba que teníamos una manera parecida de ver la política: como una vocación, no como un atajo.
Con el tiempo nos fuimos encontrando, con más calma, con más madurez. Compartimos conversaciones profundas, luchas comunes, diferencias también, pero siempre con respeto. Cuando él fue secretario de Gobierno y yo concejal, tuvimos que trabajar desde lados distintos, pero con un mismo propósito: que las cosas funcionaran para Bogotá. Miguel siempre ha dado la cara. Nunca se ha escondido. Nunca le saca el cuerpo a un debate ni a una crisis.
En algún momento, en medio de esas charlas que terminan revelando mucho más que una posición política, me confesó que su primer voto a la Presidencia de la República fue por mi papá. Lo dijo con orgullo. Y yo lo recibí con gratitud, con emoción. Porque entendí que más allá de las ideas, compartíamos una historia. Nuestra relación trasciende lo político. Compartimos viajes, celebraciones, momentos familiares con amigos cercanos. Conozco al Miguel esposo, al papá entregado, al hombre sensible que se desvive por los suyos y que nunca deja de trabajar por el país que sueña. Por eso me cuesta tanto escribir estas líneas. Por eso me duele tan profundamente lo que pasó. Porque no es un político más. Es un ser humano al que quiero, admiro y respeto.
Hace apenas unos meses me invitó a acompañarlo en su precandidatura presidencial por el Centro Democrático. Me lo pidió con cariño, con generosidad. Le respondí con la misma franqueza: estoy caminando mi propia ruta al Senado. Pero le dejé claro que eso no interfería en mi aprecio por él ni en mi reconocimiento a su valentía. Miguel está dando una batalla limpia en un país donde muchos prefieren esconderse o atacar desde las sombras.
El atentado me estremeció. Me golpeó. Me asustó. Nunca imaginé que algo así pudiera pasarnos a nosotros, que nacimos entre la violencia, pero crecimos convencidos de que las ideas no deben costar la vida. Pensé que ya habíamos aprendido. Que podíamos debatir sin miedo. Me equivoqué.

Hoy solo le pido a Dios que Miguel se recupere. Que vuelva. Que se levante más fuerte. Porque este país necesita a los valientes, a los que no se rinden, a los que enfrentan la adversidad sin perder la fe. Te esperamos, Migue. Con el corazón en la mano. Y con la esperanza intacta.











