Publicado por: José Manuel Acevedo
Decía el senador Juan Lozano en un reciente debate en el programa Voces RCN, que a Juan Manuel Santos le encanta lucir medallas con logros internacionales. “Unos ni merecidos ni importantes, otros, como el de la aceptación de la candidatura de Colombia en la OCDE, mucho más impactantes”, agregaba.
El mismo día que a Colombia se le abría la puerta de entrada al selecto club de países ricos y poderosos, Luis Carlos Villegas, presidente de la ANDI advertía que la candidatura nos traería ‘caché’.
Mientras tanto, en ese mundo paralelo llamado Twitter, era tendencia nacional la abreviatura OCDE y no precisamente para celebrar de la forma en que lo hacían el presidente, su ministro de hacienda y un puñado de tecnócratas colombianos, sino para estampar frases como éstas: “pobres pero con apellidos”. “Llegaremos a lavar los baños de los demás países de la OCDE”, etc., etc.…
La verdad es que la mayoría de la gente que opina sobre la OCDE no sabe para qué es ni para qué sirve. Nuestras autoridades, por razones políticas oportunistas, venden la noticia como si nos fuera a cambiar la vida de la noche a la mañana. Los otros, los que tienen por consigna de vida el complejo de inferioridad, alegan que nos irá peor creyéndonos ricos sin serlo.
¿Al fin qué? ¿Nos burlamos o celebramos con eso de que Colombia podrá entrar a la OCDE? Yo digo: ni lo uno ni lo otro.
Obligarnos a ejercer las buenas prácticas institucionales a que están comprometidos los países del ‘selecto grupo’ es bueno siempre y cuando lo cumplamos. Compararnos con quienes lo están haciendo mejor y tenerlos como modelo aspiracional es sano. Conviene asomarnos y ver qué hay detrás de la puerta que se abrió sin engañarnos y creer que todo está resuelto aquí.
Hace falta mucho para celebrar pero tampoco podemos menospreciar y burlarnos del paso que hemos dado.










