Publicado por: Nilson Pinilla
Según se manifestó en el libro “Ética pública y ética del abogado”, escrito por el autor de esta columna y el distinguido jurista Jorge Gaitán Pardo, inmensa cantidad de personas han expulsado al juez omnisapiente, probo y certero que, desde el interior de cada quien, oportunamente cohibía la realización de comportamientos reprensibles, con indicaciones enfáticas de “hola, usted qué es lo que está pensando? Eso no se hace.”
Para mayor calamidad, crecientemente han sido dejados de lado preceptos tan sabios, como “guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).
Ojalá hubiese quedado en firme la conciencia, esa “presencia de Dios en el hombre” pregonada por el teósofo sueco Emmanuel Swedenborg, hoy en día abundantemente frágil y venida a menos, flexibilizada por las conveniencias y propensa al contubernio, en la vigente contracultura de la venalidad y del enriquecimiento rápido y fácil, con el consiguiente menosprecio de la sabiduría contenida en colosales apotegmas, como:
“El testimonio de mi conciencia es para mí de mayor precio que todos los discursos de los hombres” (Cicerón).
“Si llevas a cabo una acción vergonzosa, no esperes mantenerla oculta. Aunque lograras esconderla para los demás, tu conciencia sabrá dónde está” (Isócrates).
“No hay testigo más terrible ni acusador tan potente como la conciencia” (Polibio).
“Necesitamos hombres cuya conciencia sea tan leal al deber, como la brújula lo es al polo” (Elena de White).
Deplorablemente la conciencia, que debería ser severa, en muchos individuos de la especie humana se ha elastizado y enmollecido, al sacralizarse el dinero como único valor subsistente.
Si se continua priorizando acumular caudales materiales y enriquecerse, la convivencia no podrá ser pacífica y el futuro de la humanidad devendrá más tenebroso, confirmando las predicciones fatídicas de su efímera posteridad, en exterminio aupado por la crisis ambiental, a su turno acelerada por taladora codicia.
Es hora de recapacitar, para reencauzar los objetivos de la vida, a sabiendas del sin sentido de atesorar, como si la opulencia sirviere de algo en la inexorable llegada al final terrenal de los días, tal cual plasmó Steve Jobs desde su lecho de enfermo, comprobando que la riqueza ningún provecho rinde, de nada sirve, al no poder contratar a alguien para transferirle la enfermedad.
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