Publicado por: Editorial
A medida que avanzan las tareas de rescate y aumenta el número de muertos, heridos y damnificados económicos, el doble terremoto que ha sacudido el norte de Venezuela continúa causando asombro y dolor, especialmente en nuestra región, y frente a esto, en primer lugar, Vanguardia quiere expresar el más profundo y sincero sentimiento de dolor por nuestros vecinos y hermanos, por quienes fallecieron, por aquellos que luchan entre la vida y la muerte en hospitales desbordados y por las miles de familias que perdieron sus patrimonios.
Frente a esta cruda realidad, este diario no podía quedarse en la exclusiva tarea periodística y por eso hacemos un llamado al corazón de los santandereanos para que envíen sus ayudas a nuestras oficinas de la calle 34 # 13-42. Cada alimento no perecedero, cada litro de agua o cada cobija que depositen en nuestras instalaciones será un puente de solidaridad para quien lo ha perdido todo. Cada uno que, desde el duelo irreparable, el sufrimiento físico o la carencia absoluta, reciba un gesto de fraternidad desde Colombia, tendrá un motivo poderoso para recuperar la esperanza.
Pero la magnitud de la desgracia vecina debería convocarnos a enfrentar sin alarmismo la realidad que nos circunda, pues el nido sísmico junto al que levantamos las ciudades del área metropolitana y otros municipios es un peligro real al que debemos mirar de frente y no de medio lado, como lo hemos hecho hasta ahora. El caótico espejo de Venezuela nos devuelve una imagen preocupante de nuestra propia fragilidad. ¿Qué red de contención tenemos nosotros, los santandereanos, para enfrentar una sacudida de siete grados o más? La respuesta honesta es que no tenemos casi nada.
No hemos educado a la población con el rigor que el riesgo exige; el ciudadano común desconoce los protocolos básicos, ignora dónde están los puntos de encuentro y confunde la suerte con la prevención. Los sistemas de alerta temprana son en nuestra región una promesa incumplida; las unidades de riesgo y los cuerpos de emergencia, a pesar de su heroica vocación, carecen del equipamiento, la logística y la articulación necesarias para responder a una calamidad de las proporciones que han devastado el norte de Venezuela.
Nuestros hospitales y clínicas se verían superados por un flujo de heridos que requerirían atención inmediata y cirugías de urgencia. Las instalaciones colmadas y debilitadas podrían convertirse en trampas mortales en lugar de refugios de vida. La falta de personal especializado, de camas, de quirófanos y de insumos básicos para una situación de esta magnitud nos dejaría desvalidos ante la eventualidad. No estamos listos, y esa es una verdad a la que hay que ponerle la cara, precisamente si queremos resolverla.
La tragedia de Venezuela debe servirnos como ejemplo para reconocer que se requiere un plan maestro de prevención, una inversión real en sistemas de alerta, en la modernización de hospitales y en la capacitación constante de todo el personal de emergencia, además de una pedagogía masiva y permanente para que cada generación sepa cómo actuar cuando la tierra se mueva.
El riesgo geológico debe dejar de ser un tema tabú, el nido sísmico de Los Santos no debe ser un motivo de pánico, sino de conocimiento general, pues la información y la preparación son el mejor remedio contra la fatalidad, y la verdad es que, como sociedad, hemos sido negligentes en este campo. El dolor de nuestros vecinos es nuestro dolor y su tragedia es nuestra advertencia. La solidaridad con los damnificados es el paso que hay que dar en este momento, pero el paso más importante es la transformación radical de nuestra cultura de prevención.
Finalmente, queremos insistirles en enviar a nuestras instalaciones de Vanguardia, en la calle 34 # 13-42, los elementos que reseñamos al comienzo: alimentos no perecederos, agua embotellada o cobijas, que nosotros enviaremos a las manos de los hermanos venezolanos que los necesiten. La solidaridad no tiene fronteras.









