Publicado por: Editorial
La campaña electoral ha concluido definitivamente y, con este punto final, deben apagarse los ecos altisonantes que suelen caracterizar el proselitismo y la acalorada controversia que nos distanciaron en estos meses pasados. El anuncio oficial del escrutinio y la aceptación que del mismo hizo en la mañana de ayer el excandidato Iván Cepeda sellan este proceso electoral. Esa declaración permite proclamar, sin lugar a duda alguna, que Abelardo De La Espriella es y debe ser reconocido como el presidente electo de los colombianos. La voluntad popular, libremente expresada en las urnas, es la ley suprema que debe regir nuestros actos.
Frente a esta realidad incontestable, es imperativo que partidos, movimientos y ciudadanos hagan un balance sereno de sus acciones durante la campaña que terminó, no en el sentido de una crítica destructiva, sino, todo lo contrario, como una reflexión honesta que distinga con claridad aciertos de desaciertos, con el objetivo de mejorar el ejercicio político, pero sobre todo porque asumir la nueva realidad exige dejar atrás las ofensas y heridas, y retornar a los canales proactivos de la convivencia en todos los órdenes de la vida nacional.
Para quienes no vieron coronados sus anhelos, llega el instante del duelo, un tránsito que debe cursarse con entereza y sin estridencias, y donde también debe estar presente el sentido democrático. Ese pesar por la derrota es legítimo, pero no puede derivar hacia el rencor ni la confrontación, pues el respeto al veredicto mayoritario es el pilar fundamental del entendimiento humano. Quienes hoy son victoriosos deben, a su vez, respetar a quienes fueron sus contrincantes, como un primer paso para propiciar el ejercicio de una oposición constructiva y no vengativa, ajustada al sistema democrático.
La gran intensidad que tuvo la campaña presidencial necesariamente deja heridas en uno y otro bando, pero ahora es tiempo de iniciar una reconciliación armónica sin demora, en atención precisamente a la norma insustituible de que el interés colectivo prevalece sobre toda consideración personal o partidista. Todos los sectores vinculados con la política deben hacer todo lo que se encuentre encaminado a contribuir al clima de confianza que el nuevo gobierno necesita para un comienzo exitoso que beneficie a todos los colombianos.
Esa confianza se construye con hechos cotidianos que demuestren voluntad de colaborar por encima de los colores políticos. Empresarios, gremios, sindicatos y la sociedad civil organizada tienen la misma responsabilidad de propiciar un entorno de estabilidad que trascienda las preferencias electorales. El éxito de la administración entrante no es solo tarea del presidente, sino una obra colectiva que exige el concurso de todos los habitantes.
Ha llegado la hora de volver a la cotidianidad y a los proyectos compartidos que puedan ofrecer las condiciones más favorables para el nuevo gobierno, sobre la esperanza de que la posesión de Abelardo De La Espriella sea el inicio de un periodo de prosperidad y paz social. El país merece que la reconciliación sea el signo de las próximas semanas.












