Conozca la historia del ‘prom’ 1975 del Tecnológico: un singular recuerdo que desempolvamos en las cosas buenas.

Medio siglo después, aquellos jóvenes del Tecnológico, convertidos hoy en hombres de canas, nietos y memorias, vivirán la ceremonia que la historia les negó. La vida, que a veces se demora pero no olvida, les devolverá el fallido ‘prom’ que marcó su juventud y que una época algo turbulenta les arrebató.
Transcurría 1975. Bucaramanga era otra: una ciudad con televisión en blanco y negro, de canciones de Los Terrícolas, Julio Iglesias y Miguel Bosé saliendo de los radios a pilas; de jóvenes que corrían por los patios del Tecnológico soñando con el futuro.

En aquel entonces, dentro del plantel funcionaba un edificio de la UIS, y esa convivencia, que parecía pacífica, terminó siendo la chispa de un acontecimiento que aún hoy se recuerda con un nudo en la garganta.

Ese año, las protestas estudiantiles estremecieron la ciudad. Los jóvenes de la UIS se tomaron los corredores, las clases se suspendieron y el paro se extendió por semanas.

En medio de esa agitación, los bachilleres del Tecnológico solo pensaban en su ceremonia de ‘prom’: en la música, en las corbatas nuevas, en los regalos, en las madres planchando con esmero los trajes del gran día. Pero el sueño se deshizo entre pancartas, consignas y paros.
El hermano lasallista Luciano Andrés, recordado por todos como Luis Alejandro Ruiz, era el rector de la época. Aquel hombre justo, pero firme, tuvo que tomar la decisión más amarga para muchos: dar por terminado el año escolar a finales de octubre y cancelar la ceremonia de graduación.

“Era imposible continuar”, recordaría tiempo después uno de los profesores. Las protestas no cesaban y el ambiente, cargado de tensión, hacía imposible siquiera imaginar una fiesta.
Así, sin discursos ni aplausos, aquellos jóvenes se convirtieron en bachilleres. Las invitaciones quedaron sin entregar, los zapatos recién lustrados volvieron a las cajas y los diplomas -como una carta que llega tarde- fueron enviados por correo o recogidos en la Gobernación de Santander. No hubo brindis ni abrazos, solo el silencio de una generación que maduró un poco antes de tiempo.
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Cincuenta años después, la historia tendrá su epílogo, o quizá el final que en ese entonces se esperaba. El próximo 1 de noviembre, los protagonistas de aquella ‘promoción frustrada’ volverán al mismo edificio donde debieron recibir sus títulos, esta vez con el corazón lleno y las manos marcadas por los años.
Será un acto simbólico, emotivo y profundamente nostálgico: los mismos jóvenes de entonces, ahora con el cabello plateado, recibirán por fin el diploma que una época difícil les negó.

Incluso, aquellos bachilleres que se adelantaron en el camino y que ya partieron tendrán en sus hijos a sus representantes para recibir los títulos.
Al frente de esta iniciativa están Julio E. Mogollón, del Comité directivo de la promoción ITS, al lado de Cristo D’Vera Toscano, Alberto Jany Barbosa, Cesar Augusto Torres, Cesar Gerardo Ortiz y Elber Raúl Lancheros, entre otros.
Omar Antonio Churio, periodista y locutor, bachiller de ese entonces, quien guarda intacta la memoria de aquel tiempo, recuerda que: “nos quedó esa espinita del ‘prom’ y ahora queremos sacarla con gratitud, con humor, con memoria. Esa graduación será histórica”.
La ceremonia se realizará entre los muros del ayer, en ese edificio de tipología claustral, con su torre de tres niveles y sus pasillos que aún huelen a tiza. Aquel lugar, siendo del Tecnológico, fue cuna de la UIS y escenario de la mejor época de sus vidas. Hoy, entre baldosas desgastadas y paredes ‘cansadas’ por los años, los egresados sueñan con restaurarlo.
En la lista de graduandos que el tiempo no borró figuran nombres entrañables: Álvaro Marín, del clan Marval, junto a su hermano Sergio; el pastor Harold Alberto Beltrán; el hoy rector de la UIS, Hernán Porras; además de Fabio Jáuregui, Félix Olave, Reinaldo Blanco, William Pinzón, Juan Manuel Solís, Carlos Sandoval, Édgar Ramírez, Édgar García, Gabriel Acuña y Jairo Zambrano, entre muchos otros.
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Este 1 de noviembre, medio siglo después, las risas, los abrazos y las historias se mezclarán con las fotos nuevas. Ya no habrá nervios ni discursos de despedida; es más, ya no estarán los ‘profes’ de ese entonces, solo la certeza de que los años, que pasan a mil, nos dan revanchas. Porque ninguna ceremonia se cancela para siempre: hay sueños, como los de los bachilleres de aquel 75, que solo esperan su turno para ser celebrados.















