Con hojas de higuerilla, cáscaras de cebolla, pepas de aguacate y aserrín, Laura Quintero crea prendas únicas en Santander. Su oficio une memoria, territorio y sostenibilidad en un momento en que la industria textil enfrenta fuertes cuestionamientos ambientales.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Mucho antes de que una camisa llegara doblada y etiquetada a una vitrina, los textiles eran otra cosa: identidad, oficio, poder, intercambio, ceremonia. La investigadora colombiana Gladys Tavera de Téllez lo recordó hace más de tres décadas al estudiar el universo textil precolombino: en los Andes, el tejido no solo cubría el cuerpo, también delimitaba espacios, envolvía a los muertos, marcaba rango y servía como moneda, tributo, ofrenda, dote matrimonial y trueque. Era, además, un trabajo hondamente ligado a las mujeres, aunque muchas veces la historia lo haya reducido o borrado.
Tavera también desmontó una idea todavía frecuente: la de que los textiles ancestrales eran rudimentarios. No lo eran. En los hallazgos muiscas y guanes admiró “la compleja estructura” de los tejidos, la precisión con que se aplicaban pinturas espesas sobre las mantas y la calidad de hilos y piezas halladas en Cundinamarca, Boyacá y Santander. Señaló, además, que en América no se tejía metraje para cortar después: cada pieza salía del telar terminada en su totalidad. El algodón ocupaba un lugar central; el fique, por su parte, estaba más ligado a cordelería, aperos y mochilas, e incluso hubo cabello humano hilado para fabricar gorros.
Esa memoria antigua, hecha de fibras, pigmentos y paciencia, encuentra hoy una resonancia inesperada en Rionegro, Santander. Allí, Laura Quintero, fundadora de Saber Ancestral, trabaja con una premisa que parece sencilla pero contiene una pequeña insurrección contra la velocidad contemporánea: devolverle al textil su relación con la tierra. Su materia prima no sale de un catálogo químico sino de cáscaras de cebolla, pepas de aguacate, cuncho de café, higuerilla, diente de león, eucalipto, romero, hierbabuena, aserrín de cedro y teca, hojas de añil, hojas de yuca y tierras del territorio. “Todo lo que tú puedes ver es el color y el pigmento que literalmente me dan las hojas, los residuos”, dice.

Su proceso textil también va en contravía del sistema que acostumbra a producir miles de piezas en horas. Laura trabaja únicamente con fibras 100 % naturales, algodón, lino, cáñamo, lana, alpaca o seda, y somete cada tela a una larga preparación antes de teñirla: lavado para quitar aprestos y residuos industriales, baño de soya, mordentado con minerales o cortezas y, solo después, tinturado o estampación. Lo explica con una imagen doméstica: esa camisa rígida que uno compra y encoge al primer lavado ya venía cargada de químicos invisibles. En su taller, en cambio, la tela entra blanca al agua y el agua sale café, cargada de residuos. Luego empieza la espera. Una sola prenda puede tardar cerca de dos meses. “Cada prenda es una pieza única que tiene una historia detrás de su proceso”, afirma.
Esa unicidad no es un eslogan de marca. Es una condición material del trabajo. Laura puede volver a buscar la misma roca o la misma tierra con la que logró un color, pero no puede garantizar que una segunda camisa quede idéntica. “El color que tú ves es literalmente el color que me transfiere a mí la naturaleza”, dice. En una chaqueta estampada con higuerilla, por ejemplo, lo que queda impreso no es un dibujo interpretado, sino la propia anatomía de la hoja: sus nervaduras, su tamaño real, su huella exacta sobre la tela.
Por eso su oficio no se entiende solo desde la estética. También se entiende desde la memoria. Laura es ingeniera industrial, pero llegó hasta aquí por una genealogía doméstica: abuelos, padres, plantas medicinales, canastos que duraban años, arequipe hecho en casa, fique tinturado para envolver frascos. Primero exploró el color sobre el fique; luego saltó al textil. Lo que buscaba no era solo un producto bonito, sino algo que no naciera condenado a la basura. “Hay cosas que hemos perdido y que hoy en día decimos que son sostenibles, pero los abuelos de uno sí eran muy sostenibles sin decirlo tanto”, resume.
Esa frase toca una herida contemporánea. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que el sector de la moda y los textiles representa entre el 2 % y el 8 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, genera un 9 % de la contaminación por microplásticos que llega a los océanos, consume 215 billones de litros de agua al año y utiliza unas 15.000 sustancias químicas en sus procesos de fabricación. Entre 2000 y 2015, además, la producción de ropa se duplicó mientras el tiempo de uso de las prendas cayó 36 %.

Laura lo traduce a una pregunta más íntima y más brutal: “Tú todo el día, casi que todo el día estás vestido; qué te estás poniendo y más allá del textil es qué lleva ese textil”. En su relato, la prenda no es solo objeto de consumo: es una segunda piel cargada de historia industrial, agua usada, químicos y residuos. Cuando habla del poliéster, no lo hace como consigna abstracta. Lo hace desde la vida diaria: el lavado, la fibra mezclada, la dificultad de separar materiales, el costo energético del reciclaje, la microescala de cada gesto doméstico. “¿Qué cantidad de microplásticos yo puedo dejar a lo largo de mi vida con todos los textiles que yo he utilizado?”, se pregunta.
Publicidad
La pregunta no es menor. La propia Agencia Europea de Medio Ambiente y el Parlamento Europeo han insistido en que los textiles sintéticos son una fuente importante de microplásticos, y que el modelo de fast fashion agrava tanto la presión sobre el agua como el volumen de residuos.
Sin embargo, el trabajo de Laura no cabe del todo en la categoría de “moda sostenible”, una etiqueta demasiado limpia para procesos que siguen oliendo a corteza, hoja machacada y agua enturbiada. Lo suyo se parece más a una conversación con saberes que nunca se fueron del todo, aunque el mercado los hubiera vuelto marginales. Artesanías de Colombia recuerda que los artesanos del país utilizan 114 especies de plantas para extraer fibras vegetales y elaborar sus productos, y que entre las más importantes están el algodón y el fique. Ese dato, leído junto a las investigaciones de Tavera, muestra que la relación entre textil, botánica y territorio no es una novedad importada, sino una continuidad histórica que el país todavía conserva.
También por eso el ángulo de género no es decorativo. Tavera escribió que el tejido ha estado ligado por milenios a la mujer y mostró cómo, durante la Conquista y después, muchas mujeres siguieron hilando algodón, cabuya, sombreros, mochilas, cestos, fajas y cobijas; cómo transmitieron el oficio de generación en generación; y cómo el trabajo textil permaneció vivo como economía y expresión cultural en sociedades campesinas e indígenas. En su artículo aparece incluso un nombre santandereano: Encarnación Cala, tejedora de lienzo de la tierra en Charalá, presentada como heredera de una tradición que venía del siglo XVIII.

Laura, sin proponérselo en esos términos académicos, se inscribe en esa larga línea de mujeres que han sostenido conocimiento material, cuidado y economía desde el textil. Su trabajo empezó en el arraigo, pero siguió por curiosidad técnica. “Yo soy muy de producción y de procesos, pero también tengo muy amarrado el tema artesanal”, dice. Ese cruce entre método e intuición explica por qué en su taller conviven la paciencia de la herencia y la lógica del ensayo.
A veces esa búsqueda toca incluso el territorio del bienestar, aunque ahí Laura habla desde la experiencia y no desde una certeza científica. Cuenta que exploró fundas y textiles con eucalipto y romero, recordando la costumbre de los abuelos de poner plantas medicinales en la almohada cuando alguien estaba enfermo. Notó cambios en casa, pero ella misma admite que no sabe explicarlos “científicamente”. Lo importante en su relato no es prometer una cura, sino mostrar hasta qué punto la modernidad ha roto la relación cotidiana entre cuerpo, planta y materia.
La academia, de hecho, acompaña el tema con más cautela. Una revisión publicada en Molecules en 2023 concluyó que los tintes naturales tienen un potencial real como alternativa más sostenible a los sintéticos, y que nuevas tecnologías han mejorado parte de su desempeño. Pero también advirtió sus límites: baja solidez en algunos casos, poca afinidad con ciertos sustratos, dificultades para reproducir tonos exactos y barreras de costo que siguen impidiendo una adopción industrial amplia. Los tintes naturales, en otras palabras, son una vía prometedora, no una redención automática.
Laura parece entenderlo sin necesidad de enunciarlo así. Por eso insiste en el respeto. “Yo también tengo que empezar a respetar mi territorio”, dice cuando habla del añil y de la tentación de arrancarlo todo. Su lógica es otra: tomar una parte, dejar otra, sembrar flores y árboles, convertir el taller en un espacio donde lleguen pájaros, donde la extracción no sea saqueo sino reciprocidad. “Si ella me está dando, yo qué le estoy dando”, se pregunta.
Publicidad
Tal vez ahí esté el corazón de esta historia. No en la nostalgia por un pasado puro, ni en la fantasía de que una sola artesana pueda corregir la devastación de una industria global. Está en algo más preciso: en la posibilidad de devolverle espesor al acto de vestirse. De recordar, como lo sabían los textiles ancestrales, que una tela puede ser mucho más que una superficie útil. Puede ser memoria, cuidado, oficio femenino, tecnología heredada, paisaje adherido al cuerpo.
En Rionegro, esa idea tiene forma de hoja. Una hoja real, con sus nervaduras intactas, transferida sobre una chaqueta que tardó dos meses en nacer. Una hoja que no imita la naturaleza, sino que la deja hablar. Y quizá por eso, frente a tanta ropa fabricada para durar poco y olvidarse rápido, el trabajo de Laura Quintero produce una imagen más poderosa: la de vestirse no con una tendencia, sino con un territorio.














