Turismo
Viernes 11 de julio de 2025 - 07:02 PM

“Pa’ Vélez el 7... y pa’ siempre!: así se vive el Festival de la Guabina y el Tiple en Santander

Del 5 al 10 de agosto, Vélez celebra su herencia con el Festival Nacional de la Guabina y el Tiple, una fiesta de música, bocadillo y tradición que se vive desde la infancia.

Montaje Mónica Mantilla/Vanguardia
Montaje Mónica Mantilla/Vanguardia

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En Vélez, el amor y el orgullo por la tierra se hereda entre hilos. En el momento en el que se sabe que llegará un veleñito al mundo, ya hay alguien bordando su traje típico.

Así comienza la vida para los veleños, envuelta en música, bocadillos, alpargatas y una tradición que cada año alimenta el orgullo de los colombianos: el Festival Nacional de la Guabina y el Tiple.

Crecer en medio de chuchos, carracas, tonadas, coplas, tamboras y guacharacas es la riqueza que otorga la capital folclórica de Colombia. Porque en Vélez se nace con la música puesta.

Este año, del 5 al 10 de agosto, el Parque Nacional del Folclor brillará como el escenario de esta fiesta cultural, gastronómica y turística. Se trata de la cita que une a familias enteras que regresan desde lejos para vivir el desfile, cantar desde las gradas y revivir lo que los hace sentirse en casa.

Las fachadas de Vélez ya se llenaron de guayaba, murales, coplas y escenas de la parranda veleña. Tradición, alegría, nostalgia, aroma de ancestros y patrimonio son las palabras con las que los hijos de Veléz, muy de Vélez, describen su tierra.

Y para quien llega en agosto y se sienta en la plaza a escuchar una guabina o a dejarse llevar por un torbellino, Vélez tal vez signifique eso que se siente en el pecho cuando uno sabe que está en el lugar correcto: el hogar. Lea también: Batalla ‘Cafetera’: en Girón se vivirá el evento de filtrado de café más aromático del año

Byron Pérez/Vanguardia
Byron Pérez/Vanguardia

Un traje que se viste y se vive

Jimena Santamaría, asesora de Cultura y Turismo de Vélez, recuerda su infancia con una sonrisa en la voz. “Desde muy niña participé como intérprete del requinto, después como integrante de grupos folclóricos. Ahora tengo la fortuna de estar del otro lado, organizando esta fiesta folclórica que reúne a niños, jóvenes, adultos, a los abuelitos que nos han enseñado estas tradiciones y que año tras año se reúnen allí en el Parque Nacional del Folclor para compartir sus tonadas de guabina, torbellinos, para contarle al mundo porqué nuestro festival es el más importante de Santander”.

En Vélez, muchos crecen de la mano del festival. Pasan por el Festival de los Chirriquiticos, el estudiantil, por los concursos escolares, por los ensayos en la Casa de la Cultura. Hasta que, sin notarlo, ya son parte de esa tradición.

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“Es una tierra que nos arrulla. Vélez tiene una identidad muy fuerte, que hace que cada veleño, a donde quiera que vaya, marque la diferencia con una copla o un bocadillo”, agrega Santamaría.

Siempre hay algo que nos une a la riqueza cultural de Vélez. Para Kelly Vanessa Moya, folclorista y exreina del festival, la historia comenzó en preescolar. En su casa le enseñaron a snetirse orgullosa de su legado, pero no se usaban trajes típicos ni había músicos, fue una profesora la quien le enseñó a vestirse de tradición. “Teníamos una hora cada semana en la que aprendíamos a hacer instrumentos, interpretarlos y conocer el traje”, recuerda.

Esa semilla la llevó a representar a dos instituciones como reina estudiantil y, en 2019, a coronarse como reina del Festival Nacional. “Por la pandemia continué por dos años como reina. Fue una experiencia maravillosa”. Hoy presenta el festival, enseña, gestiona. Nunca ha dejado de estar presente.

Y aunque la invitación es cada agosto, nadie termina de irse del todo de esta tierra del bocadillo, porque Vélez siempre llama. “Casi ninguno de mis tíos viene allí, y no vuelven en diciembre, vuelven en agosto. Guardan sus sillas frente a la tarima desde que suena el primer requinto hasta el último conjunto de tocar”, narra la asesora de Cultura y Turismo. Le puede interesar: Prepararán la ‘cuca’ más grande de Santander: un homenaje al sabor de las abuelas

Byron Pérez/Vanguardia
Byron Pérez/Vanguardia

El altar del folclor

Para Juan Sebastián Galeano el festival es un eterno regreso. Un reencuentro con lo que ya llevaba dentro. “Mi familia se fue a Bogotá por necesidad. Pero un día volvimos para el festival. Entré al Parque Nacional del Folclor y vi a una niña tocando el requinto. Me enamoré. Supe que quería volver, que tenía que estar ahí”.

Y volvió. A los diez años, con su abuela como cómplice. Desde entonces, no ha parado. Hoy es Rey del Requinto Carranguero y ganador del Premio Mono Núñez, pero su premio favorito es otro: “volver a Vélez, compartir con la gente, estar con mi familia, sentir la emoción de entrar al parque cada año”.

Carlos Andrés Amaya Bautista, tiplista, también lleva la música en los huesos. Su abuelo fue quien le habló por primera vez del festival. “Él enamorado de la música nos contaba de los festivales, en especial del de Vélez. De niño tuve la oportunidad de ir a Vélez una vez y ver todo lo que se hacía. Ahora espero reencontrarme con amigos, compartir música y disfrutar de estas fiestas que son maravillosas”. Además: Ruta histórica pasará por Santander: descubra los tres destinos imperdibles

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Byron Pérez/Vanguardia
Byron Pérez/Vanguardia

Una fiesta que también se saborea

La pasión de los veleños es lo que mantiene viva la fiesta. Allí ningún tiempo pasado fue mejor, aquí todos los tiempos llevan impreso el orgullo y compromiso de los hijos de esta tierra. Las tradiciones se enseñan y las recetas se comparten.

“La parranda veleña representa cuando los campesinos iban a Vélez para las fiestas de la Virgen, siempre llevaban piquete, acompañados de música. Hoy lo vemos reflejado en nuestra pararndo veleña, nos unimos todo para recrearlo. Esa es una forma de conservar”, explica Kelly Vanessa Moya.

El piquete veleño, con ese aroma de leña, papa, carne y tradición, sigue cocinándose en manos de las matronas y en cada casa. Lo mismo pasa con el bocadillo, que ha encontrado en las nuevas generaciones una posibilidad de continuidad y empresa.

“El bocadillo se ha industrializado, sí, pero sin perder su esencia. Ahora muchas fábricas están en manos de los hijos, exportan y son una opción para que los jóvenes se queden, hagan empresa y sigan el legado”, afirma Jimena Santamaría.

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