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Viernes 13 de septiembre de 2024 - 03:25 AM

La amenaza del poder eterno

La democracia, ese frágil tesoro conquistado por los pueblos, no es solo un sistema político, sino un pilar esencial para la libertad, la equidad y el desarrollo. Sin embargo, en nuestra región, las veleidades del poder y el espejismo de la eternidad en el mando amenazan constantemente su vigencia.

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Este 15 de septiembre, cuando celebraremos el Día Internacional de la Democracia, conviene reflexionar sobre su verdadero valor, especialmente en América Latina, una región con una historia plagada de dictaduras, golpes de Estado y líderes que se han creído imprescindibles. La democracia, ese frágil tesoro conquistado por los pueblos, no es solo un sistema político, sino un pilar esencial para la libertad, la equidad y el desarrollo. Sin embargo, en nuestra región, las veleidades del poder y el espejismo de la eternidad en el mando amenazan constantemente su vigencia.

En países latinoamericanos, donde la democracia ha sido recobrada luego de décadas de dictaduras y tiranías, es imperativo recordar que la alternancia en el poder no solo es una formalidad, sino una garantía de que las instituciones sigan funcionando al servicio del pueblo y no de unos pocos. Los ejemplos de naciones que han logrado salir de la opresión, como Argentina, Chile y Brasil, son una muestra del arduo camino hacia la recuperación democrática, pero también del peligro que conlleva la tentación de aquellos que, embriagados por el poder, intentan perpetuarse en él como lo han hecho Chávez y ahora Maduro como su inmaduro heredero en Venezuela.

La historia reciente de la región nos ofrece tristes ejemplos de líderes que, habiendo llegado al poder mediante procesos democráticos, sucumben al deslumbramiento de lo que consideran su “misión histórica”. Lo que empieza como una promesa de cambio termina en un afán de inmortalidad política, ya sea a través de reelecciones indefinidas o, en su defecto, dejando a un sucesor que asegure la continuidad de un proyecto personalista.

La democracia no solo se sustenta en la capacidad de votar, sino en la alternancia y la diversidad de visiones que se representan. En regímenes donde se permite la perpetuación del poder, directa o indirectamente, se debilita ese principio esencial. La historia de nuestra región nos ha mostrado cómo la vanidad de los líderes y la falsa ilusión de ser imprescindibles han llevado a la decadencia de muchas naciones, al desmantelamiento de las instituciones y a la violación de los derechos humanos. Así mismo, los segundos períodos de casi todos los presidentes no alcanzan la calidad del primero.

En este contexto, es vital que los ciudadanos comprendan que ningún líder, por más carismático o popular que sea, es irreemplazable. La democracia no se trata de una persona, sino de un sistema que debe garantizar la participación, la transparencia y el bienestar de todos.

En América Latina, la democracia debe ser defendida con la misma convicción con la que fue recuperada. Es un sistema que, aunque imperfecto, sigue siendo el mejor camino hacia el progreso. Y si bien muchos líderes buscan convencernos de que solo ellos tienen la fórmula para el desarrollo y la justicia, es responsabilidad de todos nosotros recordar que la democracia no necesita salvadores, necesita instituciones sólidas, participación ciudadana y respeto por las reglas del juego.

Este 15 de septiembre, más que celebrar la democracia como una mera efeméride, debemos comprometernos a defenderla activamente, a protegerla de aquellos que creen que el poder es un derecho vitalicio. La ilusión de ser imprescindibles solo es eso, una ilusión, mientras que la fuerza de la democracia es tan real como la voluntad de los pueblos que la defienden.

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