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Viernes 07 de marzo de 2025 - 11:27 AM

¿Auge y caída de los Estados Unidos? Parte II

Así, al día de hoy contamos con una larga historia de intervencionismo, explotación económica y asimetría de poder que, a lo largo de dos siglos, ha ido dejando profundas heridas en la región. Estas heridas, por lo demás, dificultarán lo que sería ideal y deseable: un acercamiento de todos –todos– los pueblos de América.

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La percepción de maltrato y abuso que existe en América Latina hacia Estados Unidos no surge de una serie de eventos aislados, sino más bien de una política sistemática estadounidense pensada para sabotear a la región.

Así, al día de hoy contamos con una larga historia de intervencionismo, explotación económica y asimetría de poder que, a lo largo de dos siglos, ha ido dejando profundas heridas en la región. Estas heridas, por lo demás, dificultarán lo que sería ideal y deseable: un acercamiento de todos –todos– los pueblos de América.

Desde la imposición de la Doctrina Monroe en el siglo XIX, que justificó intervenciones disfrazadas de protección hemisférica, hasta los golpes de Estado orquestados durante la Guerra Fría, Estados Unidos nunca pareció dudar de su derecho a tratar a América Latina como le diera la gana.

La explotación de recursos y mano de obra por parte de corporaciones estadounidenses, sumada a las políticas comerciales desiguales, han reforzado un esquema de dependencia económica que hoy hace temblar, entre otros, al país desde el que escribo, México digno y querido.

Asimismo, la militarización de la lucha contra el narcotráfico –la más absurda de las gringadas– y las aporofóbicas y racistas políticas migratorias envueltas en retórica de seguridad, siguen profundizando las desigualdades y alimentando cierto resentimiento que se extiende desde Chihuahua hasta la Patagonia chilena.

Cierto es que, por regla general, las relaciones entre países se basan en el poder y el interés propio y no, como algunos quisieran, en principios morales o altruistas. Y así, naturalmente, la relación de EE.UU. con Latinoamérica no constituye una excepción. Salvo en contados casos el poder y el interés egoísta de cada país marcan la pauta.

Desde luego, no creo que aquello esté bien o que vivamos en una situación moralmente ideal. Se trata solo de que en un mundo como el nuestro resulta fácil constatar –aunque podamos sentirnos defraudados– hasta qué punto aquel parece ser el orden de las cosas.

Estados Unidos, dicho esto, seguirá obrando, mientras le dure su poder, más o menos así. Con todo, obrar pensando solo en sus propios intereses puede, a largo plazo, ir en contra de esos mismos intereses así como de la supervivencia y prosperidad suya.

Fortalecer los lazos con Latinoamérica podría afectar positivamente tanto a la propia Latinoamérica como a los EE.UU., a la par que serviría para contrarrestar la creciente influencia en la región de potencias «rivales» como Rusia y, especialmente, como China.

Un hemisferio más próspero y democrático contribuiría a la seguridad y estabilidad de Estados Unidos. Y unos Estados Unidos más respetuosos, igualitarios y apaciguados contribuirían a la prosperidad y democracia del resto del hemisferio.

Sin embargo, tal y como están las cosas, los EE.UU. nos entregan en manos del gigante asiático, que, según dicen, sabe honrar y respetar a sus socios, aunque estos vivan lejos. Pobre América Latina, anotan algunos por acá, «tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».

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