Colombia necesita un modelo energético justo, diversificado y soberano. Y para lograrlo, hay que hablar de todo, incluso del fracking, con argumentos y sin miedo.
El pasado jueves, la Asamblea de Prosantander se convirtió en un espacio necesario y valiente para discutir, sin tapujos, sobre el futuro energético de Colombia. La palabra “fracking”, utilizada con ligereza en muchos debates, volvió al centro de la conversación. No como dogma, sino como posibilidad técnica, económica y ambiental que debe ser revisada con cabeza fría, datos duros y visión de largo plazo.
En momentos de crisis energética y fiscal, con tarifas al alza y reservas de gas en descenso, resulta urgente hablar de soluciones reales. La sostenibilidad no es sinónimo de parálisis. Los seres humanos dependemos de los recursos naturales para vivir, y negar esa realidad es ingenuo e irresponsable. Lo verdaderamente responsable es usarlos con criterio, mitigando impactos, reduciendo daños y compensando lo que afectamos. De eso se trata la sostenibilidad.
El desarrollo tecnológico ha avanzado. Hoy existen métodos y buenas prácticas de producción que reducen significativamente el impacto ambiental de técnicas como el fracturamiento hidráulico. Pero para saber si funcionan en nuestro contexto, necesitamos pilotos. Sin evidencia local, cualquier decisión sería una apuesta a ciegas.
Por eso, la discusión debe ser técnica, no ideológica. Las decisiones en torno al desarrollo de los territorios deben partir de información real: cuánta energía necesitamos, qué recursos tenemos, cuánto nos cuesta importarlos y qué beneficios pueden obtener las comunidades si se usan responsablemente. Lo contrario –tomar decisiones desde la trinchera del fanatismo– es una torpeza que las futuras generaciones no nos perdonarán.
Nadie pone en duda la necesidad de la transición energética, pero esto no se logra de un día para otro ni con frases de campaña. Requiere tiempo, recursos y, sobre todo, el apoyo de la ciudadanía y de sus representantes en las diferentes ramas del poder. La bancada parlamentaria del departamento debe entender que en Santander tenemos estos recursos enterrados bajo tierra, donde sabemos cómo sacarlos, pero no podemos permitir que queden sepultados por una Ley que nos prohíba su aprovechamiento.
De igual manera, los grupos sociales (en especial los ambientalistas) deben comprender que estos proyectos son la palanca para financiar el desarrollo, cerrar brechas sociales y avanzar en energías renovables. No podemos seguir perdiendo el tiempo en discusiones estériles, donde la ideología parece ganarle la batalla a la ciencia.
Colombia necesita un modelo energético justo, diversificado y soberano. Y para lograrlo, hay que hablar de todo, incluso del fracking, con argumentos y sin miedo.
Felicitaciones a Prosantander por poner sobre la mesa las discusiones que conducen al desarrollo del departamento.












