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Viernes 15 de agosto de 2025 - 01:00 AM

El valor de la vida

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No hay una prueba más fehaciente de descomposición social que el acostumbrarnos a la muerte, como esa tendencia humana que nos defiende del trauma y del dolor que ella nos causa, pero que nos hace menos capaces de conectar con el dolor que la misma produce en nosotros, en los demás y en el ámbito social.

Cuando la vida termina perdiendo su real valor se vuelve un mecanismo fácil de desechar y una forma sencilla de resolver las diferencias sociales; solo que eso termina convirtiéndonos en un pueblo de salvajes, aquéllos de la época primitiva en que todo se resolvía con la fuerza del garrote.

Desde siempre en nuestra existencia, hemos visto a los colombianos, una y otra vez, matarse entre sí por las más extremas y fútiles razones, siendo la principal de ellas las políticas, porque no hemos podido entender que puede existir pluralidad de pensamientos y de vivencias.

En algún momento perdimos el norte y empezamos a creer que todo aquél que no piensa como nosotros, es nuestro enemigo, que es más fácil eliminar que convencer y empezamos a buscar justificaciones para darle apariencia de naturalidad a esta conducta extrema.

Por eso, si revisamos nuestra historia a lo largo del tiempo, especialmente de 1.950 hacia acá, los índices de criminalidad son alarmantes, disfrazados de una mentirosa reivindicación social que al final esconde simplemente un descarado negocio internacional de narcotráfico.

Al hecho mismo de la violencia se contrapone la incapacidad absoluta del Estado de evitarla, cuando no por ser el incitador de la misma a través de sus acciones políticas plenas de odio y fanatismo pues aquí se aplica la lógica de quién no está conmigo está contra mí.

Cada día cientos de muertes violentas se dan en nuestros campos y ciudades colombianas las cuales terminan siendo apenas un hecho noticioso, un dato estadístico más que registramos como un acontecimiento cotidiano, hasta el extremo de que la verdadera noticia sea el que no haya un asesinato ese día.

Creemos que se hace indispensable replantearnos nuestra forma de pensar para comprender que en una sociedad civilizada no es la violencia el factor de solución de los problemas y de esa manera poder reconstruir los valores sociales a fin de eliminar la zozobra que causa el pensar que la respuesta más sencilla a todo es la sinrazón de la fuerza bruta, que no es otra cosa que el derecho de las bestias.

Es el cambio de cada uno de nosotros lo que puede producir el cambio social y es esforzándonos en lograrlo, sin pensar que también deben hacerlo los demás, pues el andar siempre empieza con el primero de los pasos.

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