Llevamos décadas viviendo en una sociedad que enseña a disimular el dolor. A sonreír cuando se está roto. A decir “todo bien” cuando por dentro el alma grita. A fingir que todo esté “perfecto” cuando realmente estamos vueltos nada. Nos colocaron un chip que dice: “pedir ayuda es debilidad”, cuando realmente pedir ayuda es un verdadero acto de VALENTÍA.
Como psiquiatra, he visto cómo el sufrimiento emocional se esconde detrás de rostros aparentemente fuertes, sonrientes, exitosos o felices. Pero también he sido testigo de cómo una persona, al permitirse sentir, hablar y sanar, puede literalmente RENACER.
Tengo claro que la salud mental no es la ausencia de enfermedad: es la capacidad de sostenerse en medio de los mierderos, de encontrar sentido aun cuando todo parece perdido.

Nos dedicamos a cuidar el cuerpo pero se nos olvida cuidar la mente. Vamos al médico cuando nos duele el pecho, pero no cuando nos duele la vida. Vamos al cirujano para que nos cambie algo que no nos gusta y nos haga disque “ver y sentir mejor” pero no somos capaces de decirle a alguien que nos opere el alma. Sin embargo, el corazón roto también enferma. El estrés, la ansiedad, la depresión o el vacío existencial no son signos de debilidad; son señales de que algo en nosotros necesita ser curado.
En Santander, como en gran parte del país, aún pesa el estigma de la psiquiatría en el que decir: “voy al psiquiatra” se asocia con “estar loco”. Pero la verdadera locura es fingir que todo está bien mientras por dentro se apaga la esperanza. Eso sí es estar en la inmunda, nos acostumbramos a vivir en una fachada falsa e hipócrita de “estar bien”.
Cuidar la mente no es un lujo: es una URGENCIA.

La salud mental es, al final, un acto de amor propio y colectivo. Cuando una persona sana, también sana su entorno. Cuando alguien aprende a gestionar su dolor, deja de proyectarlo sobre los demás pero sobre todo deja de victimizarse.
Y si en esta sociedad tan podrida en la que estamos, se aprendiera a cuidar la mente: se dejaría de normalizar la violencia, la indiferencia y el desamor.
Ojalá esta columna sea el inicio de una conversación cruda y real pero necesaria. Que empecemos a mirar hacia adentro, a cuidar lo invisible y a honrar lo que sentimos.
La salud mental no es un tema médico: es el reflejo de nuestra humanidad.
Bienvenidos a esta clínica del alma, bienvenidos a RENACER.










