La moda es un espejo que no solo refleja cuerpos, moldea aspiraciones. Hoy resurgen indicios preocupantes —editoriales, pasarelas y algoritmos que enaltecen nuevamente la extrema delgadez— y ese giro estético no es menor. Es un riesgo cultural, sanitario y social que puede llevar a miles de personas, no solo mujeres y niñas, hacia relaciones nocivas con su cuerpo.
En Colombia, el panorama ya es frágil. Estudios evidencian que la anorexia ronda el 3% en ciertas muestras clínicas, la bulimia supera el 2% y el trastorno por atracón el 1.6%. En la población universitaria, entre el 18% y el 40% presenta riesgo significativo de desarrollar un trastorno alimentario. Es una generación que respira comparaciones constantes, filtros que afinan el cuerpo y una narrativa que equipara autoestima con talla.
Esta ola estética viene acompañada por un fenómeno global: medios internacionales han reactivado debates sobre el retorno de esta tendencia y la presión por cuerpos cada vez más delgados en donde se dice adiós a la era curvy y bienvenida al Ozempic, Wegovy o Saxenda. En redes y tabloides se ha discutido persistentemente la gran pérdida de peso de figuras como Kim Kardashian, Ariana Grande o Lilly Collins; no como diagnósticos de salud, sino como señales de cuánto poder cultural sigue teniendo la delgadez extrema cuando se viraliza y cómo ese discurso termina imponiendo nuevos estándares.
El dilema es que esta conversación se desarrolla en un país que ya enfrenta un incremento sostenido en problemas de salud mental. Normalizar como “ideal” una silueta extrema no solo desconoce este contexto, sino que lo agrava.
Controlar los mensajes en medios y pasarelas, educar críticamente sobre imagen corporal, detectar a tiempo los desórdenes alimenticios y ofrecer rutas de atención oportunas son acciones apremiantes. Pero también necesitamos un cambio cultural: dejar de trivializar la delgadez extrema como tendencia.
Si dejamos que esta moda resurja sin oposición alguna, no será solo un retroceso estético, será una renuncia colectiva a proteger lo esencial. El cuerpo no es un accesorio y la vida no puede ser moneda de cambio para satisfacer una nostalgia peligrosa.











