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Jueves 08 de enero de 2026 - 01:00 AM

Sigan creyendo en Rambo

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Apenas se supo del secuestro de Maduro y de las bombas estadounidenses sobre Caracas, la sensación general fue de desconcierto. No obstante, el panorama empezó a aclararse pocas horas después tras la rueda de prensa de Trump.

Muy pronto, Trump dio la razón a quienes advertimos que el principal interés de Washington en Venezuela es arrebatarle a China el control de su descomunal reserva petrolera, lo que le permitiría, aunque fuera de manera temporal, cerrar el estrecho de Ormuz y asfixiar a Irán. La democracia, los derechos humanos o la liberación de los presos políticos no son, claramente, prioridades para el brutal presidente gringo.

Lo que sí me sorprendió fue la manera como Trump “lanzó debajo del bus”, usando la jerga de los reality shows, a Machado, quien quedó vestida y alborotada.

A estas alturas, todo parece indicar que la salida de Maduro fue el resultado de una negociación con Estados Unidos, en la que su vicepresidenta —hoy presidenta encargada, quién sabe hasta cuándo— jugó un papel clave.

Así, la flamante operación “Amanecer de Acero”, como típico filme hollywoodense, tuvo mucho espectáculo: drama, explosiones y un mensaje de “nosotros estamos al mando”, con la intención de que los estadounidenses olviden por un rato que su economía va mal y que los archivos del pedófilo Epstein embarran a su presidente hasta el copete.

No se puede pecar de ingenuo y pensar que la política internacional es tan simple y previsible como una película de Rambo.

Creer que un hombre que se pasa por el forro la Constitución y la separación de poderes en su país, que juzga a las personas por el color de su piel y que, en su codicia patológica, sueña con sepultar sus acciones genocidas bajo resorts de golf, está genuinamente interesado en la liberación de los oprimidos es una ilusión peligrosa.

El ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente, mientras Trump babea ante las ganancias de petroleras como Chevron, no produjeron la libertad de nadie ni siquiera un cambio de régimen. Pero sí dejaron en evidencia que, en medio de su aparatoso declive, el imperio estadounidense está dispuesto a desestabilizar América Latina, tal como lo hizo en Medio Oriente y Asia Central bajo el pretexto de la guerra contra el terror.

Como ocurrió en el siglo XX, en plena Guerra Fría, cuando Estados Unidos apoyó las sangrientas dictaduras de Stroessner en Paraguay, Médici en Brasil, Pinochet en Chile o Videla en Argentina, lo sucedido tanto en Venezuela como en Gaza señala el fin de la época en que Washington consideró que la democracia y el multilateralismo eran el mejor camino para garantizar sus intereses estratégicos.

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