La reciente denuncia de un presunto caso de abuso sexual contra un menor en Usaquén ha conmocionado al país. Más allá de lo que determinen las autoridades, este hecho nos enfrenta a una pregunta incómoda pero apremiante: ¿por qué seguimos llegando tarde cuando se trata de proteger a nuestros niños?
Los casos de este tipo nos generan indignación, exigimos justicia, compartimos mensajes de rechazo y nos preguntamos cómo alguien puede causar tanto daño. Sin embargo, cuando la noticia desaparece de los titulares, la conversación se esfuma. Y, mientras tanto, miles de niños continúan lidiando con situaciones de violencia, abandono y vulneración de sus derechos.
Las cifras presentadas por el Instituto Colombiano del Bienestar Familiar en los primeros nueve meses de 2025 deberían sacudirnos, pues solo en ese lapso se abrieron más de 15.800 procesos para restablecer los derechos de niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual.
Detrás de cada expediente hay una historia de temor, silencio y confianza rota. Lo más preocupante es que el 67 % de estos casos suceden dentro de los hogares, precisamente donde los niños deberían sentirse más seguros.
El problema no solo radica en la existencia de los agresores, sino en una sociedad que, a veces sin intención, normaliza silencios, minimiza señales de alerta o delega la responsabilidad de proteger a la infancia exclusivamente a las autoridades. La protección de los niños no empieza cuando interviene una institución; comienza mucho antes, en la capacidad de los adultos para escuchar, observar y actuar.
Nos acostumbramos a repetir que los niños son el futuro del país, pero la frase pierde sentido cuando no está acompañada de acciones concretas. Hablar con ellos en campañas o discursos no es suficiente; es imperativo construir entornos donde se sientan seguros para expresar lo que piensan, denunciar aquello que les incomoda y confiar en que serán escuchados.
La prevención sigue siendo nuestra deuda más grande. Necesitamos familias que conversen abiertamente con sus hijos, instituciones que fortalezcan sus mecanismos de salvaguarda y comunidades que entiendan que proteger a un niño es una responsabilidad colectiva.
Si realmente creemos que la niñez es el futuro, debemos demostrarlo en el presente. No cuando un caso se vuelve noticia nacional, sino todos los días. Una sociedad que no protege a sus niños no solo les falla a ellos, también renuncia a la posibilidad de construir un futuro más justo, más seguro y más humano para todos












